miércoles, 7 de julio de 2010

"EMBRUJO DE AMOR": Relato íntimo ambientado en Madrid sobre una madre que se enfrenta a lo desconocido y un hijo que protege en silencio. Amor, valentía y cuidado invertido.


Prólogo

Hay espíritus que no aceptan el mundo solo por lo que otros les cuentan. Son caracteres hechos de audacia y autonomía, para quienes la vida debe ser tocada, atravesada, incluso cuando duele o asusta. A esas personas, lo desconocido no las repele: las llama. Y aunque el riesgo las roce, avanzan, convencidas de que ciertas verdades solo se revelan cuando se caminan en soledad.


Ella se preparaba con cuidado, ajustando sus botas sobre calcetines gruesos y acomodando capa tras capa de ropa que la protegiera del frío desconocido. El abrigo pesado limitaba sus movimientos, la bufanda enrollada hasta la cabeza apenas le dejaba ver, y los guantes rígidos dificultaban cada gesto. Cada paso era un acto consciente de equilibrio y resistencia, como si avanzara por un mundo que aún no había aprendido a descifrar.

—¿Qué haces, madre? ¿A dónde vas? —preguntó él, preocupado, mientras la observaba terminar de abrocharse. Él la había estado observando desde el inicio, camuflado en las penumbras del pasillo, en absoluto silencio.

—Voy a echar una caminata —respondió ella con firmeza, ajustando la capucha de su abrigo.

—¿Tan tarde y con este clima? —insistió él, evaluando el frío que se intuía en el aire.

Ella lo miró con la calma obstinada de quien ha aprendido a ser dueña de sus decisiones.

—Hijo, déjame hacer esto a mi manera. He aprendido a valerme por mí misma.

Él permaneció en silencio, aceptando la decisión

Al salir por el portal, quedó paralizada: la Avenida de Europa no era la que conocía a la luz del día. Ahora, estaba oculta tras una niebla densa, como un lienzo gris que absorbía la realidad. Las veladas luces del alumbrado público apenas delineaban el pavimento, y ella avanzaba con cautela, cada paso calculado, como un barco a la deriva que busca desesperado la luz del faro para encontrar orilla.

El frío era un filo que atravesaba la ropa, se colaba por los guantes, por la bufanda, por la cabeza cubierta por la capucha del abrigo. La humedad de la lluvia fina hacía que el abrigo pesado se pegara a su cuerpo, limitando cada movimiento y transformando la caminata en un acto de equilibrio constante. La sensación de torpeza era completa: sus piernas rígidas, los brazos inmóviles, los pies que apenas sentían el contacto con el suelo helado. Avanzaba como una figura detenida en el tiempo, con cada músculo consciente del riesgo de resbalar, de caer, de perderse en aquel invierno desconocido.

El olor de los pinos, intensificado por la humedad, llenaba sus pulmones con un aroma extraño y fascinante. Respiraba profundo, y el aire frío quemaba su garganta, pero había en esa sensación un asombro que la mantenía despierta, alerta, viva. Cada charco helado que esquivaba, cada hoja cubierta de escarcha, cada reflejo de la luz en el pavimento húmedo parecía decirle: “Nunca has estado aquí; nunca has sentido esto”.

Todo parecía nuevo, todo parecía posible y a la vez amenazante, como si caminara en un sueño del que no podía —ni quería— despertar.

Al pasar frente al teatro MIRA, le pareció escuchar pasos detrás de sí; viró, pero no vio a nadie. Alerta, continuó su camino; esta vez sintió como si algo se moviese entre los arbustos de los espacios abiertos del teatro. Una corriente le subió por las piernas hacia la columna vertebral: la atravesó, la paralizó. Era miedo, ya lo había sentido antes. Un miedo profundo, semejante al de un niño que se ha soltado de la mano del padre y se enfrenta solo a lo inimaginable. Tomó conciencia de su vulnerabilidad. Respiró hondo y exhaló despacio: cálmate -pensó- eres valiente no por no sentir miedo, sino por enfrentarlo. Con este pensamiento en mente, volvió a virar… y nada, no vio a nadie.

El corazón le palpitaba con fuerza y la cabeza se le llenó de imágenes de un pasado —que aún era presente— al otro lado del Atlántico.

Recordó entonces las palabras de su hijo al momento de ella salir. “Estate atenta solo a tus pasos. Cuida de no resbalar ni caer. Nada más por lo que preocuparte: aquí es como allá era antes.” Respiró tranquila, decidiéndose a regresar. La aventura de explorar había perdido su encanto.

Fue entonces cuando vio, a cierta distancia, una silueta avanzaba hacia ella. Por un instante, el miedo intentó apoderarse de ella: la figura emergía de la niebla, segura y silenciosa, pero no le resultaba amenazante. La noche la ocultaba, hasta que el poste la nombró con su luz… ¡era su hijo!

. Allí estaba, vigilante, constante, invisible hasta ahora, protegiéndola sin interferir en su experiencia.

El alivio y la emoción la inundaron, mezclándose con una profunda gratitud. Caminó hacia él y, al encontrarse frente a frente, sus voces temblaron con emoción:

—Te dejé ir… como tú me dejabas a mí —dijo él, con una sonrisa cálida—. Siempre me decías: “Hay cosas que solo aprenderás por experiencia propia… ¿te acuerdas?”

Ella lo miró, con los ojos brillantes por la sorpresa y el amor. —Sí… me acuerdo —susurró—. Nunca imaginé que tu cuidado sería tan silencioso, tan absoluto…

—Hijo, hubo dos momentos en los que sentí miedo: sentí pasos detrás de mí, primero; luego, algo moviéndose entre los arbustos… acaso ¿serías tú? —le preguntó con los ojos atentos, como si fuera a escuchar la respuesta a través de la mirada; y así fue, la expresión de la cara le dijo todo lo que tenía que saber.

—Casi me matas de un susto… ¡lo sabes!

—Es que casi me pillas, tuve que esconderme, y por la prisa me resbalé entre los arbustos— dijo esto soltando una carcajada.

Y así, juntos, abrazados —entre reproches y risas— volvieron a casa.

En ese instante, la ciudad, la niebla y la lluvia parecieron desvanecerse. Solo quedaban ellos. Después de todo, la aventura de explorar una noche, fría y oscura de invierno, en Madrid ¡tuvo su encanto!


Epílogo

Con el tiempo, ocurre un giro silencioso y profundo: los hijos crecen y, sin anunciarlo, se convierten en amigos y custodios de quienes los guiaron. No es una decisión consciente ni un acto heroico; es una devolución natural, casi instintiva, del amor recibido. Así, la protección cambia de manos, y los cuidados —antes ofrecidos con ternura— regresan convertidos en presencia discreta, en vigilancia amorosa, en ese gesto invisible que acompaña sin invadir. Porque el amor verdadero no siempre se muestra: a veces, simplemente, vela.

domingo, 4 de julio de 2010

"MALAS COMPAÑÍAS": Poema reflexivo sobre el esfuerzo, la fe, la caída, las malas compañías y las decisiones personales.



“A veces caer es la única forma de soltarlos.”


Prólogo
A veces creemos que avanzar siempre es subir. Que compartir el camino garantiza la llegada. Este texto nace del cansancio, de la fe puesta a prueba y del momento exacto en que el cuerpo cae, pero la conciencia despierta. “Malas compañías” no habla solo de otros, sino de las decisiones que tomamos cuando confundimos compañía con dirección.


La vida es áspera,
una cuesta de piedra viva,
pero paga —dicen—
con monedas de luz al final.

La cima se alza, altiva y distante,
y yo voy tras ella
con la fe prendida al pecho
como una lámpara temblorosa.

Camino.
Paso tras paso.
El suelo muerde las plantas de mis pies,
el aire se espesa,
y aun así… sigo.

El sudor me corre como un río salado,
el cansancio se me cuelga de los hombros,
pero no me concedo tregua:
sigo avanzando,
aunque el cuerpo proteste
y el alma jadee.

Alzo la mirada.
Allá arriba,
la cima me guiña un destello,
tan cerca a los ojos
y tan lejos de las manos.
Por más que avanzo,
ella se me escapa,
como un sueño que retrocede.

Me falta el aire.
El pecho se me vuelve jaula.
Me canso.
Me rindo un instante.
Me detengo…
solo para respirar.

Y entonces—
plum…
cataplum…
plum, plum—
la gravedad me reclama.

Caigo.
Con estruendo,
hasta el fondo oscuro del valle,
donde el resonar se burla
y la esperanza se golpea en pedazos.

Quise subir con ellos,
pero olvidé a tiempo
que hay quienes no conocen la altura:
su único oficio,
su destino aprendido,
es arrastrar hacia abajo
a todo el que sueña con subir.

Allí entendí,
con el cuerpo magullado y el alma despierta,
que no toda compañía es camino
ni todo paso compartido
conduce a la meta.

Hay manos que no sostienen:
empujan.


Epílogo
La caída no fue el final del camino, sino la corrección del rumbo. Hay descensos que duelen porque arrancan raíces mal plantadas. Y solo cuando el silencio reemplaza al ruido ajeno, la cima vuelve a mostrarse como lo que siempre fue: un destino personal e intransferible.


“El camino se aclara cuando dejamos de caminar con quien no quiere llegar.”




La vida es dura... aunque bien paga.

Alta está la cima, voy tras ella... como buena cristiana.
Camino, camino, con mucho esfuerzo... pero sigo.
Estoy sudando... me mata el cansancio;
Pero sigo caminando, sin darme descanso.
Levanto la mirada... la veo en lo alto;
Por más que camino... nada que la alcanzo!
No puedo más... me asfixio, me canso.
Me detengo... me doy un alto.
Plum... cataplum... plum plum
con estruendo al fondo fui a dar...
Intentaba subir con ellos... que lo único que saben hacer... es bajar!

viernes, 2 de julio de 2010

"La medida exacta del amor": Un relato poético y espiritual sobre el reencuentro entre una hija y su padre más allá del tiempo. Amor, memoria, herencia y presencia eterna.


“Hay padres que enseñan a vivir solo con su forma de amar.”

PRÓLOGO

Hay encuentros que no obedecen al calendario ni a la lógica.
Suceden cuando el alma está lista y el amor insiste.
No se anuncian con señales visibles, pero algo dentro se acomoda,
como si el corazón recordara un camino que nunca olvidó del todo.

A veces basta una canción, una mañana quieta,
un giro inesperado del volante,
para que el pasado deje de ser recuerdo
y se vuelva presencia.

Este no es un texto sobre la muerte.
Es un texto sobre el amor que no se interrumpe.
Sobre los vínculos que aprenden a vivir
en otra forma del tiempo.


RELATO

La mañana se abre como un umbral.
La radio suena baja, respetuosa, y la música venezolana se derrama en el aire como una ofrenda. No entra por los oídos solamente: se desliza por la piel, baja al pecho, se asienta en el alma. La siento viva dentro de mí, palpitando. A veces me arranca una sonrisa, ligera, cómplice; otras veces convoca las lágrimas, no por tristeza, sino por la intensidad del recuerdo. Porque hay amores que no se recuerdan sin temblar.

La voz que anuncia el festejo repetido insiste desde hace días. Sé que es comercio, calendario, costumbre; pero el espíritu no distingue entre lo programado y lo verdadero. El espíritu escucha lo que resuena. Y en mí, todo resuena con él.

Giro el volante. Cambio de dirección. El camino hacia el camposanto se vuelve tránsito interior. No conduzco solo un vehículo: conduzco la memoria, la herencia, el amor intacto. Cada metro recorrido es una invocación silenciosa. Al llegar, permanezco dentro del carro, inmóvil. El aire parece distinto aquí, más denso, más consciente. Callo. Escucho. Dudo si debo ir hacia él o permitir que sea él quien cruce los velos y venga a mí.

Desciendo.

Me siento en el banco, ese lugar humilde que se convierte en altar. Él no está aún. Como hombre de honor, de principios claros, de espíritu libre, siempre estuvo ocupado en asuntos grandes, incluso cuando parecían pequeños. Aprendí de él la paciencia, y ahora la ejerzo. Espero. Sé que llegará.

Mientras tanto, contemplo. El camposanto no es ausencia: es reposo. La mañana es magnífica. El sol cae como bendición, acaricia la tierra, despierta los verdes, hace brillar el rocío como diminutas almas que aún no se desprenden del mundo. Todo respira. Todo parece estar de acuerdo.

Me pongo de pie. No lo veo, pero algo se ordena dentro de mí. El aire se vuelve más tibio, más íntimo. Siento su cercanía como se siente una oración antes de pronunciarla. Se acerca.

Y allí está.

No como sombra, no como recuerdo: como presencia. Erguido, sereno, con ese porte suyo de guerrero del bien, de hombre íntegro que caminó siempre del lado de la verdad, de lo honesto. Su sonrisa —esa que alcanzaba a todos los que amaba— vuelve a tocarme. Es una sonrisa que no pertenece al tiempo.

El amor que siento por él despierta todo mi cuerpo. Es un temblor suave y poderoso a la vez. Las piernas se rinden. El corazón golpea fuerte, como si reconociera a su origen. No deseo hablar. No deseo preguntar. Abrazarlo es lo único que existe.

Abro los brazos. Él abre los suyos. Y nos encontramos. El abrazo es total, sin bordes, sin antes ni después. Nos fundimos como dos fuegos que se reconocen. No hay palabras. Nunca las hubo entre nosotros cuando el amor hablaba primero.

Permanecemos así, respirándonos, habitándonos, hasta que el silencio se vuelve mensaje.

—Ten paciencia, hija —dice, y su voz no viene del aire, sino de adentro—. Todo volverá a su cauce. La paz volverá a morar en ti.

Mientras habla, aparta de mi rostro el cabello que la brisa insiste en mover. Ese gesto suyo, tan humano, tan eterno, me atraviesa. Siempre cuidando, siempre presente.

—Lo sé, padre —respondo—, pero duele… ¿Cuándo vendrás a buscarme? Ya quiero estar contigo. Ya quiero irme de aquí.

No hay miedo en mis palabras. Hay anhelo. Hay cansancio del mundo.

Me mira con infinita ternura. En sus ojos no hay prisa, solo verdad.

—No es aún el tiempo. Cuida a tu madre. Cuida a los que vienen de ti. Hay amor que aún debes sembrar. Cuando sea permitido, vendré.

Asiento. Comprendo. Su enseñanza continúa incluso ahora: amar también es quedarse.

—Así será…

Nada más necesita ser dicho. Nos sabemos completamente. Sin secretos, sin ruido, sin gestos innecesarios. Las manos unidas sellan el pacto silencioso. Un último abrazo, más profundo aún, como una bendición.

Luego, la separación.

Yo regreso al carro. Él se aleja caminando, cada paso más ligero. Antes de partir, miro atrás. Ya no está. En su lugar, una luz viva, amplia, serena, lo ocupa todo. No enceguece: abraza.

Seco mis lágrimas. Ya no pesan. En su lugar florece una sonrisa que no me pertenece del todo: es la suya, dejada en mí como herencia sagrada.

Te amo, padre,
porque fuiste raíz y horizonte;
porque tu palabra me enseñó a caminar recta cuando el mundo se inclinaba,
porque tu silencio supo cuidarme más que mil consejos.
Te amo por la paciencia heredada, por la fuerza que no gritaba,
por la ternura firme con que me mostraste que el bien también sabe luchar.
Te amo por haberme mirado siempre como promesa cumplida,
por haberme amado sin condiciones, sin apuros, sin medida.
Te amo porque sigues siendo casa aun en la distancia,
guía aun cuando no te nombro,
protector aun cuando no te veo.
Te amo por lo que fui contigo y por lo que soy gracias a ti.
Y te llevo conmigo —no como ausencia—
sino como luz aprendida que me acompaña cada vez que elijo amar.


EPÍLOGO

Hay despedidas que no cierran puertas,
las abren hacia adentro.
Desde entonces, cada vez que la vida pesa,
sé dónde encontrar reposo.

No camino sola.
Nunca lo hice.
Hay amores que, una vez sembrados,
aprenden a florecer en todas las dimensiones.

Y así sigo:
viviendo, cuidando, amando,
hasta que el tiempo vuelva a plegarse
y el abrazo sea nuevamente eterno.


“El amor paterno verdadero no protege del mundo: prepara para él.”


Dedicado: Juan Luis Pérez Díaz
Y con esas palabras honro al hombre extraordinario que fue, al padre luminoso que sigue siendo, al espíritu noble que camina conmigo, más allá del tiempo, más allá de la muerte, más allá de toda despedida.

















"Cuando el amor nos sostiene": Fuerza y Valentía Guiadas por el Amor de Dios: Reflexión y Espiritualidad

 mor nos sostiene

Prólogo
Dentro de cada ser humano hay una fuerza silenciosa, capaz de sostenerlo frente a cualquier desafío. Esa fuerza se revela cuando nos escudamos en el amor de Dios: un amor que no oprime, sino que libera; que no impone, sino que da claridad y valentía. Es allí, en esa intimidad con lo divino, donde descubrimos que la firmeza y la audacia pueden coexistir con la humildad, y que la seguridad verdadera no proviene del ego, sino de un corazón sostenido por el amor que todo lo respalda.


Ella avanzaba por senderos de tierra y piedras calientes, sintiendo el roce áspero bajo sus pies, como el pulso firme de la vida misma.
Cada paso parecía marcar un ritmo secreto, una cadencia que sólo la valentía sabia y serena puede sostener.
Su voz, grave y clara, surgía sin imponerse, como un río que murmura entre rocas; y sus ojos sostenían la mirada de los demás, con la calma firme de quien conoce la fuerza que la guía.
No había orgullo en ella, sólo un fuego silencioso que brotaba del amor que sostenía lo verdadero y le enseñaba a actuar con justicia.

El viento rozaba su piel y agitaba su cabello, y en esa caricia encontraba la serenidad que da la certeza de que no camina sola.
Cada espina, cada sombra del camino, era un recordatorio de que la valentía no es ausencia de dolor, sino la disposición a avanzar, aun cuando éste se presente.
Sus pasos, ligeros y decididos, dibujaban un ritmo sutil, equilibrando fuerza y ternura; claridad y humildad; audacia y contemplación, como la luz que tiñe las montañas al amanecer, sin pedir reconocimiento.

Todo en ella era un acto de fidelidad: sus gestos, sus palabras, la manera en que se mantenía erguida ante el mundo.
La fuerza que emanaba no la buscaba ni la reclamaba; fluía como savia de un árbol que ha visto los siglos transcurrir, que nutre sin alardes, sostiene sin peso y da vida con discreción.
Cada instante era un testimonio silencioso del amor que la habitaba, un impulso místico que la guiaba a amar y proteger sin medida.

La luz del amanecer la tocaba como un abrazo tibio, revelando bordes dorados en su silueta, mientras su corazón respiraba confianza y valentía.
Todo en ella parecía equilibrar lo fuerte con lo tierno; la claridad con la humildad; la audacia con la contemplación.
Su andar era un canto silencioso, un acto de fidelidad a lo bueno, un testimonio de que la fuerza verdadera no exige reconocimiento.
Y así avanzaba, sostenida por un amor que llenaba cada gesto, cada mirada y cada palabra; un amor que no necesitaba ser proclamado, pero que lo envolvía todo, guiándola siempre hacia lo justo y lo verdadero.

Mostrarse con esas virtudes, como una bandera que ondea en lo alto, no era soberbia.
Era fidelidad: nombrarlo a Él en cada gesto, en cada paso, en silencio


Epílogo

El amor que nos sostiene es como un río profundo que corre bajo nuestra piel: invisible a los ojos, pero palpable en cada gesto, en cada palabra, en cada decisión. Reconocerlo es abrirse a poderes extraordinarios que nos permiten mirar sin temor, hablar con claridad y avanzar con firmeza incluso entre espinas. Estar conscientes de esta presencia es comprender que la fuerza verdadera no se ve ni se anuncia: se siente, se respira y nos guía a vivir con valentía y humildad.




"El pez de agua turbia": Un relato poético donde una madre y su hijo enfrentan la imprudencia y sus consecuencias, a través de un pez que flota boca arriba en un mundo silencioso.


“Hay palabras que no causan la desgracia, solo la ven venir.”


A veces la vida avanza sin pedir permiso, como una corriente subterránea que un día emerge y arrastra lo que encuentra a su paso. Otras veces, en cambio, todo ocurre a plena luz, con la torpeza de quien cree saberlo todo.

—Mami… uno de mis pececitos se muere.

La frase cayó en la mañana como una piedra en un vaso de agua. Mi hija estaba de pie, aún en pijama, descalza, mirándome con esos ojos de azul profundo, atravesados por verdes, como un cielo visto a través del follaje. Sostenía el llanto como quien sostiene un hilo a punto de romperse. Me tomó de la mano y me condujo al patio.

En la piscina, el agua de lluvia reposaba inmóvil, con ese silencio espeso que deja lo abandonado. Allí flotaba el pez. Pequeño. Inerte. Vestido de fuego: rojo, amarillo y naranja, como si hubiera robado colores al atardecer. Estaba rígido, panza arriba, convertido en un trozo de rama quebrada.

Mi hija lo miró como se mira lo irreparable. Yo la miré a ella.

No hubo palabras. Solo el aire detenido entre nosotras.

Salimos de casa poco después. El camino a la escuela fue largo y mudo. Al despedirse, mi hija se aferró a mí, como si quisiera asegurarse de que lo vivo no se le escapara también de las manos.

De regreso, la imagen del pez no flotaba en el agua; crecía y nadaba entre mis pensamientos. Entonces recordé.

La tarde anterior.

—Hijo, ¿qué haces ahí?
—Nada… busco algo.

Estaba en mi taller. Mi espacio. El lugar donde las cosas tienen un orden que solo yo entiendo. Él revolvía como siempre, con esa curiosidad inquieta que desde niño lo había llevado a meter las manos donde no debía, convencido de que el mundo escondía tesoros para quien se atreviera a hurgar.

Sus ojos se detuvieron en el jardín zen.

—¿Y esto?
—Déjalo.
—¿Para qué sirve?
—Eso no es para jugar —le dije.
—Solo estoy viendo.

Le expliqué lo mínimo. No escuchaba. Sus dedos ya habían empezado a mover la arena, a dibujar surcos, a desordenar la calma. De pronto, su mirada saltó hacia la pecera. Fue un cambio sutil, pero lo reconocí: el gesto del cazador, el momento exacto en que la atención se convierte en impulso.

—Déjalo así —advertí—. Hay seres que no saben defenderse.

No me respondió.
No alcancé a detenerlo.

La arena cayó en el agua como una neblina. El cristal se volvió turbio. Los peces comenzaron a nadar sin rumbo. El más grande abrió y cerró la boca con avidez, tragándose lo que descendía lento, como si el cielo se deshiciera sobre él.

—Eso no es alimento —dije—. A veces lo que parece bonito es lo que mata primero.

Mi hijo sonrió. Habló de instinto, de naturaleza, de adornar. Restó importancia. Siempre hay quien cree que la advertencia es exageración hasta que la realidad se vuelve exacta. Yo vi otra cosa: el agua enturbiándose, la vida respirando dificultad.

Esa noche cambié los peces a la piscina. Pensé que el agua amplia diluiría el error. Que el volumen salvaría lo que la imprudencia había puesto en riesgo.

Pero el agua guarda memoria.

Ahora, ya en casa, desperté a mi hijo. Lo llevé de la mano hasta el borde, de pie frente a la escena. El pez seguía allí, inmóvil, como una acusación sin palabras.

Se agachó. Lo miró. El silencio se le subió al rostro. Sus ojos se humedecieron y, por un instante, creí que el agua también había llegado a él.

Entonces se irguió de golpe.

—Siempre igual —dijo—. Siempre anuncias desgracias. Traes mala suerte.

Me lanzó una mirada rápida, incómoda, como si la culpa quemara demasiado para sostenerla. Se dio la vuelta y se fue, murmurando algo que se perdió entre pasos apresurados.

Me quedé sola.

El agua volvió a quedarse quieta. El pez flotaba, ligero ya, como si la muerte también tuviera su propia forma de descanso.

Pensé que crecer es aprender a detenerse. A no meter las manos en todo. A entender que no todo lo que se toca sobrevive.

Pero no dije nada.

El agua, al final, siempre guarda silencio


“La responsabilidad rara vez flota; suele hundirse.”




"La herencia del reencuentro": Un relato poético e íntimo sobre migración generacional, ausencia y reencuentros. Una historia donde la memoria heredada y el amor desafían la distancia.

“Hay vínculos que atraviesan países, generaciones y silencios.”


Prólogo

Hay historias que no comienzan donde creemos. Empiezan mucho antes, en un llanto que no fue propio, en una partida que dejó huella, en un amor que aprendió a sobrevivir a la distancia. Este relato nace allí: en la memoria que no recuerda, pero insiste.


Dicen que uno construye su propia vida, que somos arquitectos de nuestros días y albañiles de nuestras decisiones. Este yo siempre ha desconfiado de esa frase. Suena demasiado ordenada para un mundo que se derrumba sin aviso. Con los años se aprende otra cosa: uno baraja las cartas con manos temblorosas, pero la jugada —la verdadera— la hace algo más grande, algo que no se ve y no se discute.

La llamada llegó una tarde cualquiera, cuando el aire estaba quieto y nada parecía a punto de romperse.

—Está por nacer —dijo la voz, del otro lado—. Yo no puedo acompañarla… estoy enfermo. ¿Podrías venir unos días?

Las palabras quedaron suspendidas, flotando como polvo en un rayo de luz. El tiempo se detuvo. El piso cedió un poco bajo los pies, apenas lo suficiente para que el vértigo asomara. No era sorpresa. Era destino cumpliendo su amenaza.

Aceptar significaba volver a mirar de frente una herida vieja.

Entre este yo y esa vida que llamaba había, desde hacía años, un abismo cuidadosamente disimulado. No era falta de amor. Era obligación. Era supervivencia. Hubo un momento —demasiado temprano— en que la separación fue la única forma de seguir respirando. Desde entonces, la cercanía se sostuvo con hilos invisibles: llamadas diarias, palabras que cruzaban kilómetros, risas que viajaban por cables. El cuerpo, en cambio, permanecía lejos. Y el cuerpo también recuerda, también reclama.

Había un niño. El primero. Nacido lejos. Crecido casi sin testigos. Visto pocas veces, como se ve un cometa que pasa rápido por el cielo: suficiente para deslumbrar, insuficiente para aprender su forma. No hubo mañanas compartidas ni noches de cuentos. No hubo rutina, que es donde el amor aprende a quedarse.

—No creas que no te quiero —pensaba este yo muchas veces—. Es que no sé cómo acercarme sin romper algo.

El miedo era silencioso, pero constante: no ser suficiente, no ser lo esperado, fallar otra vez.

La respuesta, sin embargo, salió firme.

—Iré —dijo la voz propia, casi sin reconocerse—. Preparo mis cosas y voy.

El nacimiento abrió una puerta que nadie sabía que existía. El aire de la casa cambió: olía a leche tibia, a piel nueva, a madrugada. Las noches se volvieron fragmentos. El llanto del recién llegado atravesaba paredes como una aguja fina y, aun así, traía paz. El enfermo, aislado en otra habitación, parecía una figura sacada de otro planeta: pijama arrugado, mascarilla, ojos hundidos. Pero cuando miraba a su familia, algo se encendía en él. Un fuego callado. Amor del que no hace alarde, pero sostiene el mundo.

Y estaba el niño mayor.

Ese niño.

No pidió explicaciones. No preguntó dónde había estado este yo todo ese tiempo. Simplemente apareció, un día cualquiera, con un juguete en la mano y una pregunta absurda en la boca, y sin ceremonia alguna se instaló en el pecho. Fue un asalto dulce, sin violencia, pero irreversible.

—Mira esto —decía, tirando de la manga—. ¿Sabes qué es?

Y este yo se inclinaba, escuchaba, entraba en ese universo donde todo es posible. Donde una caja es un castillo y el piso es lava. Día a día, ese niño fue abriendo puertas internas que llevaban años cerradas. Se necesitaría una vida entera para contar quién era. Bastará decir que era raíz y futuro al mismo tiempo.

El tiempo, como siempre, no pidió permiso para avanzar. Las cosas empezaron a acomodarse solas, como si el río, al fin, encontrara su cauce. La familia volvió a reunirse en su centro. Desde afuera, este yo observaba. Escuchaba risas nocturnas, planes susurrados, promesas pequeñas dichas en voz baja. Era un nido vivo. Frágil y fuerte a la vez.

Una noche, la noticia cayó como cae una piedra en el agua quieta.

—Ya está decidido —dijo la voz conocida—. Apenas tenga los papeles… nos vamos.

—¿Y aquí? —preguntó este yo, sabiendo ya la respuesta.

—Aquí no hay futuro.

Las palabras eran verdad. Por eso dolían tanto.

—Haces bien —respondió este yo, con una serenidad aprendida—. Aquí todo se vuelve más oscuro cada día.

Luego vino el silencio. Y la retirada.

Al cerrar la puerta del cuarto, el cuerpo ya no sostuvo más. Las piernas cedieron. El aire se volvió espeso, casi sólido. El llanto salió del pecho como un animal atrapado, torpe, sin forma. Para no ser escuchado, una almohada contra el rostro. Aun así, los sonidos escapaban: gruñidos, respiraciones rotas. Dolía el amor recién encontrado. Dolía anticipar la ausencia. Dolía saber que otra vez la vida exigiría distancia.

—¿Por qué duele tanto si ya lo sabía? —se preguntó este yo, entre sollozos.

Porque el amor, una vez que llega, no entiende de razones.

En medio de ese temblor, apareció un recuerdo heredado. La abuela materna, parada en una puerta, viendo partir a su hija hacia el continente americano. Gritaba. Gritaba con todo el cuerpo, con la garganta abierta, como si el grito pudiera sujetar el barco, detener el tiempo. Ese grito atravesó generaciones. Ahora vibraba aquí, encerrado, pidiendo salida. Ahora, la abuela paterna —este yo— era la que se desgarraba en gritos ahogados, en una almohada cualquiera, por la partida del hijo hacia el continente europeo.

Qué ganas de gritar así. De romper el aire. De dejar que el dolor tenga voz.

Pero no hubo grito.

Solo silencio desgarrador.

Un silencio pesado, lleno de maletas invisibles, de despedidas repetidas, de migraciones que no siempre se eligen. Un silencio que no se va, que acompaña, que aprende a caminar junto al amor cuando el amor se vuelve distancia.

Y, aun así, incluso ahí, algo permanecía intacto: la certeza de que, aunque la vida se empeñe en separar cuerpos, hay vínculos que no conocen fronteras. Que se quedan girando en la memoria, insistentes, como un murmullo que nunca termina de apagarse.

Pero lo que este yo aún no sabía era que aquel llanto heredado —el que una vez dolió hasta rasgar el alma— escondía un secreto sin código, un mensaje cifrado en la memoria de los antepasados. Cada grito, cada lágrima contenida en generaciones pasadas, podía leerse si uno aprendía a mirar atrás, no solo a su propia historia, sino a la de quienes habían partido antes. El ciclo migratorio se había repetido, una y otra vez, como un río que olvida sus orillas para encontrarlas más adelante.

Y la vida, imprevisible y terca, decidió sacudir este yo de nuevo. Lo lanzó a otra tierra extranjera, desconocida, ajena, pero que llevaba tatuada en la sangre, en la fibra misma de sus huesos. Allí, entre el ruido de lo nuevo y la nostalgia de lo perdido, ocurrió lo imposible: el yo fragmentado se reencontró consigo mismo, retomando el vínculo roto con la fuerza de un nudo marinero, apretado, sólido, imposible de deshacer.

Y en ese abrazo invisible, en ese lazo que la distancia y los años no pudieron romper, este yo entendió finalmente que los ecos del pasado no eran cadenas, sino mapas. Mapas que guiaban hacia aquello que el corazón sabe antes que la mente: que el amor verdadero, aunque disperso, siempre encuentra su puerto.

El llanto y dolor heredados se convirtieron entonces en música. Música que resonaba en cada respiración, en cada mirada, en cada risa compartida. Y por primera vez, la memoria, el dolor, la migración y la distancia, todo junto, se transformaron en un milagro silencioso: un reencuentro que nadie había previsto, pero que siempre había estado esperando.


Epílogo

Nada de lo que amamos se pierde del todo. A veces se aleja, se esconde, cruza fronteras. Pero el amor verdadero guarda su propia brújula: sabe volver, incluso cuando ya no lo esperamos.



“Somos memoria antes que presente.”

Dedicado: mis nietos, Gabriel Francisco y Christian Alexander

"UNA VENTANA AL CIELO": un cuento para niños y adultos que habla de magia, la ventana al Cielo y la fe. Una historia de esperanza, amor y luz que inspira a mirar el mundo con asombro.

"Para niños que miran al cielo con asombro… y para adultos que aún creen en la luz que guía.”

Había una vez, entre montañas verdes como esmeraldas mojadas y caminos que olían a mañanas nuevas, un valle misterioso.
Un valle que despertaba cubierto por una cobija de niebla tan suave, tan blanca y tan tranquila, que parecía hecha de algodón de azúcar recién salido de un sueño.

A ese lugar le llamaban El Valle de la Niebla.

Mucho tiempo atrás, algunas personas lo llamaban El Valle de los Muertos, pero eso era porque no entendían su secreto.
El valle no era de miedo… era de magia.
Era el sitio donde la Tierra y el Cielo se daban un abrazo cada amanecer.

La Cuenta-Cuentos

En una casita de la ciudad satélite vivía una mamá que era Cuenta-Cuentos por naturaleza. No necesitaba libros —aunque tenía montones y los amaba— porque en cuanto abría uno, ¡zas!, una historia nueva nacía desde su imaginación, como una mariposa que decide que un capullo ya no es suficiente.

Cada noche inventaba aventuras para sus hijos:
algunas olían a chocolate caliente,
otras sabían a viento fresco,
y muchas brillaban como si le hubieran robado un poquito de luz a las estrellas.

Esa mamá, que tenía manos tibias y ojos que parecían guardar historias, llevaba a su hija pequeña a la escuela todas las madrugadas, cuando el mundo aún bostezaba y los pájaros apenas acomodaban sus plumas.

Un viaje de niebla y luz

Aquel camino pasaba justo al lado del Valle de la Niebla.
Y siempre, siempre, la mamá se quedaba contemplando el horizonte como si viera algo invisible para los demás.

—Mami —preguntó un día la niña, con su vocecita adormilada—, ¿por qué miras tanto para allá… como si fueras una estatua distraída?

La mamá sonrió, porque sabía que esa pregunta llegaría.

—Hija —le dijo con voz suave como pan recién horneado—, ¿tú has visto alguna vez… una ventana al Cielo?

La niña abrió los ojos grandes como dos lunas.

—¿Cuál ventana, mami?

Su cabecita empezó a girar de un lado a otro, buscando marcos, puertas, cristales… cualquier cosa.

Entonces la mamá tomó su carita entre sus manos —sus mejillas llenas de ternura y calor de niña— y la dirigió hacia un punto brillante en el cielo.

Las nubes se habían abierto justo en el centro, como si una mano gigante las hubiera apartado con delicadeza.
Por esa abertura caía un rayo enorme de luz dorada, espeso, cálido, parecido a la miel que gotea lentamente de una cuchara.

La niña quedó con la boca abierta.

—¡Mami! —susurró—. ¿Eso es… la ventana al Cielo?

—Sí, hija —respondió su madre—. Por allí suben las almas… como globitos de luz, como luciérnagas que vuelan hacia su verdadero hogar.

El valle que respira

Abajo, el valle entero estaba cubierto por la niebla.
Pero no era una niebla cualquiera.

Era una niebla que parecía viva:
se movía como si respirara,
se estiraba como si despertara de un largo sueño
y brillaba suave bajo la luz del amanecer.

—Mami… —dijo la niña con un hilo de voz—. Los muertos… me asustan.

La mamá acarició su cabecita.

—¿Por qué te asustan, amor? Allí están los abuelos de tus abuelos, los héroes, los santos… y personas buenas que simplemente cerraron los ojos y ahora descansan. Todas esas historias que te cuento… vienen de ellos.

La niña frunció el ceño, preocupada.

—¿Y los malos? ¿Los que se portaron mal?

La mamá pensó. Las respuestas importantes siempre se piensan como si fueran un tesoro frágil.

—Hijita —dijo al fin—, las personas que hacen daño solo pueden hacerlo aquí, en la tierra. Pero cuando su alma vuela hacia el Cielo, Dios… las limpia, las abraza, les quita el polvo de las travesuras y de los errores. Las vuelve nuevas con Su Misericordia.

La niña inclinó la cabeza.

—¿La misericordia es como un jabón mágico?

La mamá soltó una risa casi silenciosa, como una campanita discreta.

—Algo así. Es como una lluvia cálida que cae sobre el alma. La deja suave, limpia… brillante. Dios quiere que todos regresen a Él, incluso los que se equivocaron muchas veces.

La niña abrió mucho los ojos.

—¡Entonces Dios es como tú, mami! ¿Es abogado?

Y el coche entero se llenó de la risa dulce de la mamá.

—Dios es más grande que eso, amor. Es como si fuera abogado, juez y también amigo. Todo lo que hacemos le importa mucho. Lo que nos alegra… lo alegra. Lo que nos duele… también lo lastima. Pero aun así… siempre nos perdona.

La niña respiró profundo, satisfecha, como si acabara de entender un secreto del Universo.

—Ahhh, qué bueno —dijo, y se acomodó en el asiento, envuelta en una paz que parecía manta calentita.

El consejo del valle

El auto siguió su camino y el valle quedó atrás, pero algo quedaba flotando en el aire:
una sensación de silencio hermoso, una promesa, una melodía que no se oía pero se sentía.

—Hija —dijo la mamá—, escucha lo que te enseñamos. Haz el bien, busca la luz, no seas necia… y la vida te mostrará los milagros que ahora no entiendes.

La niña asintió, guardando cada palabra como quien guarda una piedra preciosa en el bolsillo.

Años después

Pasó el tiempo, como pasan las estaciones: llenas de colores, de risas, de hojas que caen y vuelven a nacer.

Y cada vez que madre e hija pasaban junto al Valle de la Niebla, la conversación volvía… crecía… cambiaba.

Ahora que la niña era mayor, entendía mucho más:
la niebla ya no le daba miedo,
la ventana al cielo no era un misterio,
y el valle… el valle se había convertido en un lugar sagrado.

Porque para ellas dos, aquel valle no hablaba de muerte, sino de vida.
No hablaba de miedo… sino de fe.
No era un sitio triste… sino un recordatorio de que Dios siempre está cerca, aunque lo cubra una manta blanca de silencio.

Y cada vez que el rayo dorado descendía, madre e hija sonreían sin decir palabra.

Porque sabían que desde allí… desde esa ventana luminosa… Dios también les sonreía a ellas.


Epílogo: Una Reflexión para Corazones Pequeños

A veces, las cosas más importantes no se ven con los ojos, sino con el corazón.
El Valle de la Niebla nos enseña que el mundo está lleno de tesoros invisibles:
luces que parecen abrazos, nieblas que se mueven como suspiros, montañas que guardan secretos llenos de polvo.

Así como la niña del cuento aprendió a mirar sin miedo,
también nosotros podemos descubrir que la luz siempre encuentra un camino,
que incluso cuando algo parece oscuro o extraño,
puede esconder un mensaje de amor, de fe… o de esperanza.

Porque cada uno de nosotros lleva adentro una pequeña ventana al Cielo,
una que se abre cuando somos buenos, cuando preguntamos con sinceridad,
o cuando miramos el mundo con asombro.

Y si aprendemos a escuchar…
veremos que la niebla no es un muro,
sino una manta suave que Dios usa para recordarnos
que nunca estamos solos.

Dedicado: a mi amada hija, Andrea Carolina, quien me lo inspiró, y con la esperanza de que algún día lo lean mis nietas: Vanesa, Mía Fiorella, Beatriz, y mis nietos Gabriel Francisco, Christian Alexander, Emanuel.

Nota: este cuento lo escribí el 02/07/2010