“Hay noches en que el silencio revela las conversaciones que el día se empeña en callar.”
Prólogo
A veces creemos que el conflicto nace del mundo, de
las personas que llegan y se van, de los amores que no se concretan. Pero el
verdadero desorden ocurre cuando lo que somos se fragmenta por dentro. Este
relato no habla de una pérdida, sino de una búsqueda: la de esa sintonía
invisible entre cuerpo, mente y alma que nos devuelve el sentido cuando el
deseo amenaza con rompernos.
Llevaba meses habitando un territorio incierto: un lugar
donde el deseo y la ausencia se confundían hasta volverse indistinguibles. No
era exactamente tristeza, tampoco esperanza; era una intermitencia que me
mantenía en vilo, como una respiración que nunca termina de completarse. Cuando
él aparecía —una mirada fugaz, una palabra breve— el mundo se ordenaba por un
instante; cuando desaparecía, todo dentro de mí caía en un ruido desacompasado.
El cuerpo lo resentía primero. El pecho apretado, el pulso
acelerado ante la posibilidad de encontrarlo en cualquier esquina. El cuerpo,
noble y biológico, respondía al estímulo de la expectativa y al vacío de la
ausencia. Reaccionaba. No decidía.
Mi mente era la que tejía el laberinto: construía un amor
perfecto en la misma medida en que la realidad lo negaba. En esa distancia
entre lo imaginado y lo posible crecía la ansiedad, como una enredadera que
trepa sin jamás ser podada.
Mi alma, en cambio, silenciosa, observaba el caos. Su anhelo
era más hondo: buscaba sentido, propósito. No quería el sobresalto de un
mensaje inesperado ni la euforia breve de una coincidencia; quería coherencia.
Una noche, exhausta, me recosté escuchando música de
meditación. Buscaba —desesperadamente— una reconciliación interior. Cerré los
ojos. Me concentré en la música, dejándome que me poseyera.
No dormía, pero algo comenzó a transformarse. Vi el techo elevarse,
las paredes curvarse. Vi salir de mi pecho, sin dolor, una luz que quedó
flotando encima de mí, casi rozándome, serena.
Era yo, me vi.
Desde arriba, observé mi cuerpo tendido en la cama: inmóvil,
respirando con dificultad. Desde abajo… sentí esa presencia que flotaba, reconociéndome
en ella. No hubo miedo, solo una curiosidad limpia. Intenté moverme. No pude. El
corazón golpeaba con violencia.
—¿Temes verte? — me preguntó la figura suspendida, sin
labios, sin sonido.
No era una voz externa.
—No temo verme —respondí desde la inmovilidad—. Temo
perderlo.
La figura descendió apenas, lo suficiente para que la luz
rozara su pecho.
—No te agita él. Te agita lo que imaginas.
La mente reaccionó con furia. Se negó a ser señalada.
—Si no imaginara, no habría esperanza. Si no interpretara,
no habría sentido.
—Si no exageraras —replicó la presencia—, habría paz.
El aire se volvió más denso. El cuerpo, abajo, sudaba frío.
Sentía el deseo como una corriente eléctrica bajo la piel. Sentía la ausencia
como un hueco físico.
—El cuerpo solo responde —continuó la figura—. Late. Arde.
Tiembla. No decide.
—Yo intento protegerla —insistió la mente—. La preparo para
lo que podría ser.
—La arrastras hacia lo que no es—. El silencio se tensó
entre ambas.
Entonces algo más emergió. No tenía forma ni altura. Era la
consciencia, discerniendo, aportando claridad. Una firmeza suave que no
discutía. Y, sin elevar la voz, ajustó a las dos.
No hubo rendición. Hubo reconciliación.
La respiración empezó a acompasarse. El latido dejó de
golpear y comenzó a marcar ritmo. La luz que flotaba descendió lentamente hasta
tocar el cuerpo inmóvil, se fundió con él, como si nunca hubiera estado
separada. La mente aflojó la intensidad de sus imágenes. Las escenas perfectas
perdieron brillo. El deseo siguió allí, pero ya no era incendio descontrolado;
era calor contenido.
Abrí los ojos.
Nada externo había cambiado. Él seguía siendo improbable. La
historia, inconclusa. Pero dentro de mi algo se había alineado. El cuerpo
respiraba con mayor calma; la mente ya no corría desbocada detrás de escenarios
imaginarios; el alma permanecía atenta, firme.
Comprendí que el sentido no depende de poseer aquello que se
desea, sino de la armonía con la que se desea. Que el amor imposible puede ser
maestro, pero no amo. Que la ansiedad surge cuando la mente se separa del alma
y arrastra al cuerpo a una carrera sin dirección.
Esa noche no dejé de quererlo. Pero dejé de desordenarme por
él.
Y en esa sutil diferencia comencé, por fin, a habitarme.
Epílogo
El amor imposible no desaparece por arte de magia; se
transforma cuando dejamos de sostenerlo desde la carencia. La ansiedad se
disuelve cuando la consciencia toma la dirección y convierte el deseo en
aprendizaje. No siempre obtenemos aquello que anhelamos, pero siempre podemos
elegir la armonía desde la cual lo anhelamos.
“Cuando las tres voces aprendieron a escucharse, el latido dejó de doler y comenzó a guiar.”