Dedicatoria: “Más que un relato, este es un abrazo a cada mujer que se sintió invisible en su propia vida. La salida no está en dejar de ser, sino en volver a ser.
“El
amor que creíste perder nunca se fue: te esperaba dentro.”
En algún
rincón no escrito del tiempo, fue tejida con hilos de amor primigenio. Antes
del lenguaje, antes del miedo, existió… envuelta en brazos tibios, carcajadas
suaves y canciones que no necesitaban letra. Su alma danzaba en un hogar donde
Dios no era nombrado, pero estaba en todas partes: en la sopa humeante, en las
rodillas raspadas, en las noches sin monstruos bajo la cama, en las caricias de
la madre, en la protección y enseñanza del padre.
Ella era
luz.
Ella era
risa.
Ella era
amor.
Ella era
pasión.
¡Ella era!
Pero el
tiempo, astuto tejedor de pruebas, la sacó de allí y la condujo a otra puerta:
hacia un lugar lleno de cruces y cirios encendidos, repleto de flores que
tapizaban las altas paredes y techos para distraer, para esconder —con tan
alucinante visión— el olor a cementerio viejo; ese que huele a agua estancada,
a agua podrida, ese que tiene las lápidas saqueadas, la tierra revuelta,
confundiendo la maleza con los huesos, ese en el que los muertos ya no tienen a
nadie que los recuerde.
El velo de
encaje blanco que pendía sobre su rostro enturbiaba su mirada, su entender.
Cruzó esa puerta creyendo que encontraría allí el amor como ella lo conocía,
como le fue dado de niña. En aquel sagrado lugar, en vez del Ave María,
solo se escuchó la risa de la ironía. Era la vida misma la que de ella se reía;
su inocencia sería el motivo de la dura penitencia que se le impondría… ¡no la
salvaría el rezo de cien Padre Nuestro ni de otros
tantos Ave María!
Ella,
mujer de fuego y dulzura, se fue doblando como origami de silencio, creyendo
que su valor dependía de la atención que recibiera. Soportó como quien cree que
nacer amada es una deuda que debe pagar con resignación. Los días eran espejos
rotos que le devolvían una imagen ajena. Se había olvidado de quién era; no se
reconocía.
Y sí, la
vida le puso zancadillas: para que cayera de bruces a tierra, para que se le
cayera el velo del rostro y abriera los ojos, para que tomara conciencia, para
que se fortaleciera por las tantas veces que tuvo que levantarse, obligándola a
mirar hacia “arriba” … ¡así de maestra es la vida! Le enseñó a distinguir entre
el amor y el apego por miedo, entre la ausencia y la presencia, entre tener a
alguien al lado y tener a alguien con ella, entre luz y sombras, entre espejos
y reflejos, entre el Dios de la cruz y el Dios de su esencia, entre buscar
afuera y hallar adentro, entre estar dormida y despertar.
Y entonces
comprendió.
El amor
que un día recibió en brazos tibios, en la risa de su madre, en la enseñanza de
su padre, no se había perdido: había estado siempre allí, escondido en su
propia esencia. El verdadero hogar no era aquel rincón de la infancia, ni la
casa con flores y cruces, ni los espejos rotos del camino; el verdadero hogar
estaba en ella.
En su
despertar descubrió que el amor primigenio no era un recuerdo, sino una
Presencia viva: el Padre, latiendo en su interior, aguardando a que abriera los
ojos.
Ella volvió a Él, no como niña, sino como mujer consciente.
Ella
volvió al origen.
Ella
volvió a ser.
“Porque
volviste a ti, el amor volvió a ser todo.”