domingo, 1 de febrero de 2026

"Los ojos del miedo": Un relato poético e introspectivo sobre una mujer que, creyéndose emocionalmente agotada, se enfrenta al vértigo de volver a sentir tras un encuentro inesperado.

 

“Los ojos del desconocido pueden convertirse en un laberinto del alma.”


Prólogo

Hay momentos en los que no tememos a lo desconocido, sino a la posibilidad de que algo aún pueda conmovernos. Cuando creemos haber cerrado todas las puertas, basta una mirada para recordarnos que no todas estaban realmente clausuradas.


Caminaba cabizbaja, pero —de vez en cuando— alzaba la mirada, apenas un instante, para asegurarme de que el sendero estuviese limpio, despejado de tropiezos visibles y también de aquellos otros que no se ven. No solo vigilaba el camino: intentaba no caer en los recuerdos, en las ausencias que regresaban sin aviso.

Había gente delante de mí, caminando rápido, con un ritmo que no podía ni quería alcanzar; no tropezaría, no los sobrepasaría. No tenía prisa. El tiempo —ese mismo que no había logrado dar forma plena a lo que alguna vez creí amor— ya no me empujaba hacia ningún lugar.

Deseaba que el camino estuviera despejado, solo para mí, para todo aquello que bullía entre mi conciencia y mi mente: el dolor persistente, la confusión de un sentimiento que nunca llegó a consolidarse, la huella de un amor imposible que el paso de los años no supo transformar en algo habitable. Todo eso ocupaba un espacio interminable, dejando una sensación de vacío sereno y fatigado, como si algo esencial se hubiese quedado suspendido en un punto del pasado.

Era un murmullo constante, sordo, que golpeaba con suavidad y fuerza a la vez, absorbiendo cada fibra de mi atención y envolviéndome como un viento invisible que atraviesa la piel sin tocarla, recordándome que seguía avanzando… aunque me sintiera emocionalmente exhausta.

Entre ese vaivén de mi mirada, atenta al suelo y a mis propios pensamientos, observé que el hombre que caminaba delante de mí se detuvo. El gesto fue abrupto, inesperado. Se volteó y quedó frente a mí, rompiendo la distancia cómoda entre desconocidos.

Me detuve instintivamente, sin levantar la vista de sus pies. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente, tensándose, como si ese encuentro no previsto hubiese activado una alerta que creía desactivada. Contuve la respiración sin darme cuenta.

Escuché mi nombre, pronunciado por una voz masculina, grave, firme. Una voz que no reconocía, pero que resonó con una intensidad inquietante. Hacía tiempo que nadie decía mi nombre de ese modo, como si al nombrarme me trajera de vuelta a un lugar del que me había marchado sin intención de regresar.

Levanté la vista lentamente, recorriendo su cuerpo con cautela, como quien busca una explicación lógica donde no la hay. Intenté hallar algo familiar, algún rasgo que justificara ese instante suspendido. No encontré nada. Solo un hombre desconocido, observándome con una atención que no sabía cómo interpretar.

Seguí alzando la vista, más allá de lo prudente, hasta encontrar sus ojos.
Torpeza mía.

Aquellos ojos —en un rostro que no conocía— eran de un negro tan absoluto que sus pupilas parecían haberse disuelto en la oscuridad. No reflejaban la luz; la absorbían. Eran extraños, impropios, como si no pertenecieran del todo a este mundo. Nunca había visto algo semejante.

El miedo apareció. Inmediato.

Mi cuerpo se inmovilizó, rígido. La respiración se volvió irregular, fragmentada, y el corazón comenzó a latir de forma errática, acelerándose y deteniéndose sin obedecerme. Un temblor interno recorrió mi cuerpo, profundo, silencioso, sin alcanzar la piel pero sacudiéndolo todo desde dentro.

No entendía aquella reacción. No había amenaza visible, ni gesto brusco, ni palabra indebida. Y, sin embargo, cada parte de mí estaba en alerta, como si esa mirada hubiese tocado un punto vulnerable que yo creía clausurado.

La mirada de esos ojos negros era profunda, insondable como el fondo de los océanos; vasta como un cielo sin límites. Eran dos túneles abiertos frente a mí, espacios donde la noción de control parecía desaparecer. Sentí, con una claridad inquietante, que sostener esa mirada entrañaba un riesgo.

Daban miedo esos ojos.

Pero no el miedo que nace del peligro inmediato. No el que empuja a huir de un monstruo oculto en un pasillo oscuro, donde la voluntad se quiebra y los pasos se arrastran entre sombras.

No. Ese miedo no.

Era otro.

Un miedo más sutil, más hondo. El miedo a seguir esa mirada, a adentrarme en ese espacio silencioso… y descubrir que no quería salir de él.

Y entonces lo comprendí.

El miedo no provenía de él, ni de su presencia, ni siquiera de la extrañeza de sus ojos. Provenía de lo que esa mirada había despertado en mí sin pedir permiso. De aquello que, contra toda previsión, se agitaba bajo la capa de cansancio emocional que había aprendido a llamar calma.

Era una emoción relegada, olvidada sin cerrar del todo. Una vibración leve, pero real. Y eso me aterrorizó.

Porque perderme en esa mirada significaba volver a sentir.
Y volver a sentir implicaba riesgo... riesgo de ser herida.

Riesgo de romper el equilibrio frágil que había construido, de enfrentar lo que el tiempo no había sabido resolver, de aceptar que aún era vulnerable. Que aún podía temblar ante un desconocido. Que aún podía desear.

Ese era el verdadero miedo.

No el de desaparecer, sino el de quedarme.
No el de caer, sino el de querer hacerlo.

Y mientras esa certeza se asentaba lentamente en mi pecho, supe que aquellos ojos no daban miedo por su oscuridad, sino por lo que prometían: la posibilidad de perderme en ellos… y no querer regresar jamás.


Epílogo

No todos los miedos advierten del peligro. Algunos aparecen para recordarnos que aún estamos vivos, que incluso en el cansancio y la pérdida, sigue existiendo la posibilidad de sentir. Y eso, a veces, es lo más arriesgado de todo.


“La mirada que paraliza puede ser la misma que seduce, sin remedio ni escape.”


"Entre Océanos y Destinos: Trazos de Sal y Tinta." Una historia íntima y poética sobre la migración y la memoria familiar: océanos cruzados, tierras cambiantes y la identidad que se hereda y se construye con cada paso. Para quienes son descendientes de migrantes o viven la experiencia del desplazamiento, un relato sobre pertenencia, resiliencia y la fuerza de la familia


“Entre tierras que cambiaron de nombre y mares que guardan la memoria, se construye la identidad.”

Prólogo
Hay historias que no caben en mapas ni en documentos; viven en los cuerpos, en la memoria y en la piel que se adapta a cada tierra que pisa. Esta es una de ellas. Una saga que cruza océanos, cambia de nombre, se mueve entre guerras y dictaduras, pero nunca pierde su hilo de pertenencia. Aquí se narran los pasos de bisabuelos que partieron hacia La Habana y Manila, de padres que buscaron refugio en Venezuela y de una hija que regresó a España. Cada generación lleva consigo la herencia de lo que significa habitar un lugar que no siempre es hogar, de aprender que la identidad se teje en el tránsito, y de entender que la fortaleza no se mide por la estabilidad, sino por la capacidad de seguir caminando con memoria, ternura y valentía.

Provengo —como millones de personas— de una familia marcada por el movimiento. No por vocación aventurera ni por un deseo abstracto de partir, sino por la forma en que la historia empuja los cuerpos, tuerce los destinos y desordena los mapas con una indiferencia casi natural.

Mis bisabuelos salieron de la España continental hacia territorios que entonces eran España sin estar en Europa, como si el país se hubiera estirado más allá de sí mismo siguiendo el curso del mar. Los paternos llegaron a Cuba, isla de calor persistente y tierra fértil; los maternos, a Filipinas, archipiélago remoto donde la humedad se pega a la piel y el océano parece no tener orillas.

Allí nacieron mis abuelos, bajo cielos distintos pero inscritos en una misma legalidad, y sus certificados de nacimiento aún lo dicen con una precisión que hoy resulta casi poética: natural de La Habana, España; natural de Manila, España. No hay metáfora en esas palabras, solo una verdad escrita en tinta oficial que el tiempo se encargó de volver extraña. Nacieron españoles porque lo eran, bajo banderas que ondeaban lejos de la península y bajo una idea de pertenencia que parecía firme, casi inamovible.

Aquella primera migración no se vivió como ruptura, sino como prolongación. Cruzar el océano no implicaba abandonar el país, sino llevarlo consigo, hacerlo viajar en la lengua, en las costumbres, en los gestos cotidianos. Cuba ofrecía esa ilusión de continuidad: una isla abierta al sol, atravesada por el rumor constante del mar y el perfume dulce de la caña, donde la vida parecía expandirse con una vitalidad casi excesiva. Allí la pertenencia se respiraba en el aire cálido, en la música, en la familiaridad del idioma. Nacer en Cuba no significaba estar lejos, sino estar dentro de una España desplazada por el trópico, sostenida por el clima, el trabajo y la esperanza.

Filipinas, en cambio, llevaba inscrita la distancia incluso antes de que la historia la confirmara. Llegar a Manila era llegar al borde del mundo conocido, a un lugar donde el mar no separa sino que envuelve, donde la luz es densa y las lluvias caen como si quisieran borrar las huellas. Allí España existía más como estructura que como multitud, más como administración que como sangre compartida. La identidad española se sostenía en documentos, en apellidos, en cargos y rituales, mientras alrededor se desplegaban otras lenguas, otros ritmos, otros silencios. Nacer español en Filipinas era hacerlo en una frontera permanente, sostenida por la ley y desafiada por el paisaje, como si el propio territorio cuestionara la permanencia de cualquier pertenencia.

Y entonces vino la ruptura.

De un día para otro, Cuba y Filipinas dejaron de ser España, y quienes habían nacido españoles quedaron suspendidos en una frontera invisible, sin alambradas ni muros, pero no por ello menos real. Demasiado españoles para ser otra cosa, demasiado nacidos fuera para encajar sin fisuras. La historia decidió por ellos sin consultar biografías ni afectos, sin escuchar los vínculos tejidos al ritmo del clima y de la vida cotidiana. La pertenencia, que había parecido un hecho sólido, se reveló frágil, revocable, dependiente de un tratado firmado lejos.

Entonces ocurrió la segunda migración, la menos nombrada y quizá la más dolorosa: el regreso.

Volver al continente no fue volver al origen, sino ingresar en un tercer territorio ambiguo, ni colonia ni metrópoli, donde los lugares de nacimiento se habían vuelto extranjeros sin haberse movido del sitio. Se regresó con papeles que seguían diciendo España, con recuerdos impregnados de sal, de calor y de humedad, con acentos que no siempre encajaban y con la necesidad constante de explicar una procedencia que el mapa ya no reconocía. El retorno no fue una llegada, sino una forma distinta de extranjería, una intemperie más silenciosa.

Mis padres heredaron ese suelo inestable.

El alzamiento militar en el Protectorado de Marruecos se propagó como pólvora hasta la península y hundió a España en una guerra civil —breve en el calendario, pero eterna en la experiencia— prolongada luego por una dictadura militar autoritaria, enlazada a la Segunda Guerra Mundial que resquebrajó al continente europeo.

En esos años emigraron a Venezuela, empujados por la violencia, el miedo y la urgencia de sobrevivir. Cruzaron el océano una vez más, en busca de un lugar donde la vida pudiera recomponerse. Durante un tiempo, Venezuela fue ese espacio de tregua: una tierra abierta y luminosa, donde el arraigo parecía posible y la migración dejó de ser herida para volverse proyecto.

Yo nací de esa pausa, de ese intento de quietud. Pero en esta familia las pausas nunca han sido definitivas: apenas respiraciones profundas entre un desplazamiento y otro.

Décadas después, la historia volvió a empujar. La dictadura venezolana convirtió el arraigo en amenaza y la cotidianidad en asfixia. El país que había sido refugio se transformó en expulsión. Entonces migré yo. Volví a España, la tierra de mis padres y de mis bisabuelos, no como quien regresa a un punto fijo, sino como quien entra en un lugar que ya había habitado en la memoria antes de conocerlo con el cuerpo. Llegué con una pertenencia heredada y, al mismo tiempo, aprendida, como si cada gesto tuviera que negociar su legitimidad.

A veces pienso —y lo pienso literariamente, íntimamente— que provengo de una genealogía donde el hogar nunca es definitivo y la identidad se transmite en movimiento. Soy hija y bisnieta de migraciones sucesivas, de idas y regresos que no cierran el círculo, sino que lo expanden. Mi historia familiar no se ordena por países, sino por travesías, por mares cruzados, por climas que se superponen en la memoria.

Hoy vivo en España, pero no como quien alcanza un final, sino como quien aprende a habitar el presente sin exigirle estabilidad absoluta. Camino estas calles con la conciencia de haberlas heredado antes de pisarlas y de haberlas aprendido después. Mi presente está hecho de una pertenencia que no necesita pureza ni raíces inmóviles, sino memoria. Si algo me fue legado no es el migrar, sino la capacidad de atravesar los cambios sin perder el hilo de lo que se es.

Tal vez el futuro no consista en encontrar un lugar definitivo, sino en aprender a habitar sin miedo los lugares que tocan. Que la historia deje de expulsar y empiece, al menos, a permitir. Que la palabra hogar no sea una coordenada fija, sino una relación viva con la lengua, con el recuerdo del mar, con el calor de las islas y con los afectos que sobreviven al desplazamiento.

Escribo para que ese tránsito no se diluya, para que quienes vengan después sepan que no comenzaron en la nada. Vengo de una familia que cruzó océanos y regresó cuando ya no había a dónde volver, y aun así siguió. Si existe una forma de pertenencia que no puede ser confiscada por guerras, decretos o dictaduras, es esta: la de saberse parte de una historia que continúa, no porque se detenga, sino porque aprende, finalmente, a caminar con conciencia —y con ternura— hacia adelante.

Los nietos y bisnietos han unido sus vidas con migrantes de otras tierras, con hijos de una Europa que alguna vez fue rota por guerras y nostalgias, y con nacionales de Estados Unidos, la nación que, por azares del destino, arrebató la tierra española a quienes nacieron en Cuba y en Filipinas; pero que, también, devolvió la soberanía al pueblo de Venezuela que había sido usurpada por la tiranía.

Cosas del destino, sí, y del mismo hilo que nos hace migrantes, viajeros.

Hoy, los descendientes de aquellos primeros migrantes —bisabuelos y padres— nos sentimos orgullosos de la fortaleza que llevamos en el espíritu, de la riqueza multicultural que nos define, de los genes que marcan nuestra fisionomía y nuestro carácter, de la capacidad de adaptarnos y de florecer en cualquier suelo donde caiga nuestra sombra.

Quizá, por eso, mis letras parecen trazos de sal y tinta: se diluyen en la forma, pero persisten en la esencia.


Nuestra familia, hoy, lleva tantas banderas en su genealogía como historias en el corazón, y las ondeamos con orgullo y valentía, como hicieron nuestros abuelos al alzar palomas mensajeras hacia un cielo español convulso por la guerra, llenando el aire de esperanza y promesas que todavía nos llegan a través del tiempo.


Epílogo

Al final, nos damos cuenta de que no es el suelo el que nos define, sino los pasos que damos sobre él, y las huellas que dejamos en él. Los océanos que cruzamos, los cielos que vimos y los documentos que registraron nuestro nombre son testigos de una identidad que no puede ser borrada por fronteras ni decretos. Somos la suma de los viajes de nuestros ancestros, de sus esperanzas, de su resiliencia. Las banderas que llevamos hoy en nuestra genealogía son muchas, y todas ondean con orgullo y valentía. No importa el lugar: somos migrantes de la memoria, herederos del mar, de la historia y del amor que nos permite siempre volver, y siempre avanzar.


“El mar y la memoria cruzan generaciones como un hilo invisible.”