“Los ojos del desconocido pueden convertirse en un laberinto del alma.”
Prólogo
Hay momentos en los que no tememos a lo desconocido,
sino a la posibilidad de que algo aún pueda conmovernos. Cuando creemos haber
cerrado todas las puertas, basta una mirada para recordarnos que no todas
estaban realmente clausuradas.
Caminaba cabizbaja, pero —de vez en cuando— alzaba la mirada, apenas un instante, para asegurarme de que el sendero estuviese limpio, despejado de tropiezos visibles y también de aquellos otros que no se ven. No solo vigilaba el camino: intentaba no caer en los recuerdos, en las ausencias que regresaban sin aviso.
Había gente delante de mí, caminando rápido, con un ritmo
que no podía ni quería alcanzar; no tropezaría, no los sobrepasaría. No tenía
prisa. El tiempo —ese mismo que no había logrado dar forma plena a lo que
alguna vez creí amor— ya no me empujaba hacia ningún lugar.
Deseaba que el camino estuviera despejado, solo para mí,
para todo aquello que bullía entre mi conciencia y mi mente: el dolor
persistente, la confusión de un sentimiento que nunca llegó a consolidarse, la
huella de un amor imposible que el paso de los años no supo transformar en algo
habitable. Todo eso ocupaba un espacio interminable, dejando una sensación de
vacío sereno y fatigado, como si algo esencial se hubiese quedado suspendido en
un punto del pasado.
Era un murmullo constante, sordo, que golpeaba con suavidad
y fuerza a la vez, absorbiendo cada fibra de mi atención y envolviéndome como
un viento invisible que atraviesa la piel sin tocarla, recordándome que seguía
avanzando… aunque me sintiera emocionalmente exhausta.
Entre ese vaivén de mi mirada, atenta al suelo y a mis
propios pensamientos, observé que el hombre que caminaba delante de mí se
detuvo. El gesto fue abrupto, inesperado. Se volteó y quedó frente a mí,
rompiendo la distancia cómoda entre desconocidos.
Me detuve instintivamente, sin levantar la vista de sus
pies. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente, tensándose, como si ese encuentro
no previsto hubiese activado una alerta que creía desactivada. Contuve la
respiración sin darme cuenta.
Escuché mi nombre, pronunciado por una voz masculina, grave,
firme. Una voz que no reconocía, pero que resonó con una intensidad
inquietante. Hacía tiempo que nadie decía mi nombre de ese modo, como si al
nombrarme me trajera de vuelta a un lugar del que me había marchado sin
intención de regresar.
Levanté la vista lentamente, recorriendo su cuerpo con
cautela, como quien busca una explicación lógica donde no la hay. Intenté
hallar algo familiar, algún rasgo que justificara ese instante suspendido. No
encontré nada. Solo un hombre desconocido, observándome con una atención que no
sabía cómo interpretar.
Seguí alzando la vista, más allá de lo prudente, hasta
encontrar sus ojos.
Torpeza mía.
Aquellos ojos —en un rostro que no conocía— eran de un negro
tan absoluto que sus pupilas parecían haberse disuelto en la oscuridad. No
reflejaban la luz; la absorbían. Eran extraños, impropios, como si no
pertenecieran del todo a este mundo. Nunca había visto algo semejante.
El miedo apareció. Inmediato.
Mi cuerpo se inmovilizó, rígido. La respiración se volvió
irregular, fragmentada, y el corazón comenzó a latir de forma errática,
acelerándose y deteniéndose sin obedecerme. Un temblor interno recorrió mi
cuerpo, profundo, silencioso, sin alcanzar la piel pero sacudiéndolo todo desde
dentro.
No entendía aquella reacción. No había amenaza visible, ni
gesto brusco, ni palabra indebida. Y, sin embargo, cada parte de mí estaba en
alerta, como si esa mirada hubiese tocado un punto vulnerable que yo creía
clausurado.
La mirada de esos ojos negros era profunda, insondable como
el fondo de los océanos; vasta como un cielo sin límites. Eran dos túneles
abiertos frente a mí, espacios donde la noción de control parecía desaparecer.
Sentí, con una claridad inquietante, que sostener esa mirada entrañaba un
riesgo.
Daban miedo esos ojos.
Pero no el miedo que nace del peligro inmediato. No el que
empuja a huir de un monstruo oculto en un pasillo oscuro, donde la voluntad se
quiebra y los pasos se arrastran entre sombras.
No. Ese miedo no.
Era otro.
Un miedo más sutil, más hondo. El miedo a seguir esa mirada,
a adentrarme en ese espacio silencioso… y descubrir que no quería salir de él.
Y entonces lo comprendí.
El miedo no provenía de él, ni de su presencia, ni siquiera
de la extrañeza de sus ojos. Provenía de lo que esa mirada había despertado en
mí sin pedir permiso. De aquello que, contra toda previsión, se agitaba bajo la
capa de cansancio emocional que había aprendido a llamar calma.
Era una emoción relegada, olvidada sin cerrar del todo. Una
vibración leve, pero real. Y eso me aterrorizó.
Porque perderme en esa mirada significaba volver a sentir.
Y volver a sentir implicaba riesgo... riesgo de ser herida.
Riesgo de romper el equilibrio frágil que había construido,
de enfrentar lo que el tiempo no había sabido resolver, de aceptar que aún era
vulnerable. Que aún podía temblar ante un desconocido. Que aún podía desear.
Ese era el verdadero miedo.
No el de desaparecer, sino el de quedarme.
No el de caer, sino el de querer hacerlo.
Y mientras esa certeza se asentaba lentamente en mi pecho,
supe que aquellos ojos no daban miedo por su oscuridad, sino por lo que
prometían: la posibilidad de perderme en ellos… y no querer regresar jamás.
Epílogo
No todos los miedos advierten del peligro. Algunos
aparecen para recordarnos que aún estamos vivos, que incluso en el cansancio y
la pérdida, sigue existiendo la posibilidad de sentir. Y eso, a veces, es lo
más arriesgado de todo.
“La mirada que paraliza puede ser la misma que seduce,
sin remedio ni escape.”