jueves, 22 de enero de 2026

Cuento largo: "El excomulgado". Más allá de si los hechos son reales o imaginarios, esta historia revela cómo el destino une a las personas y coloca cada pieza del rompecabezas de la vida.


Todas las historias que se narran son basadas en hechos reales. Todas. O quizá solo algunas. El destino actúa más allá de la voluntad humana y de la realidad aparente. Historias reales o inventadas nos recuerdan que hay fuerzas invisibles que entrelazan vidas, tejen encuentros y colocan cada pieza del rompecabezas de la existencia en su lugar.


La coincidencia

Era la hora pactada para la reunión extraordinaria convocada por la Secretaría de Profesionales y Técnicos del Partido Demócrata Cristiano, y aun así la sala permanecía con un murmullo expectante. La luz del mediodía se filtraba por las persianas, dibujando líneas en el suelo que parecían marcar el tiempo que se escurría lentamente. Faltaba por hacer acto de presencia el convocado principal: el candidato postulado para las próximas elecciones.

Los allí reunidos conversaban entre ellos con un murmullo entrecortado. Algunos en voz baja, casi susurrando secretos; otros sin disimulo alguno, dejando escapar risas nerviosas ante algún chiste político. Había inquietud flotando en el aire, un malestar sordo que se sentía en la tensión de las manos entrelazadas, los pies inquietos y las miradas que se desviaban de un lado a otro. Sin embargo, entre la ansiedad, se percibía también un hilo de humor: el eco de algunas risas parecía aliviar por momentos el peso de la espera. Eran muchos los asuntos a discutir, coordinar y resolver, como piezas de un rompecabezas que necesitaban encajar perfectamente.

La Secretaria, inquieta, optó por coger su teléfono y marcar el número del candidato, justo cuando la puerta se abrió y él apareció en el umbral. No vino solo. Traía consigo a alguien desconocido para ella, aunque no del todo: había en su fisonomía un aire familiar, un rasgo que despertaba recuerdos vagos, como fragmentos de sueños casi olvidados.

Al solicitarle que se identificara para dejar asentada su concurrencia en el acta, ella levantó la vista y lo contempló con el entrecejo fruncido, atrapada por el asombro.
—¿Será familiar del farmacéutico? —se preguntó para sus adentros, mientras un cosquilleo de curiosidad se mezclaba con la sorpresa.

Durante la reunión no logró apartar los ojos de él. Cada gesto, cada palabra parecía traer consigo recuerdos de aquel evento extraño del pasado de su padre, como sombras que reaparecen a través de la memoria.

Al concluir la reunión, cuando el hombre se acercó a firmar el acta, le susurró al oído que no se fuera sin antes hablar en privado. El hombre asintió. La sala fue quedando vacía, con el resonar de pasos que se apagaban hasta dejar solo un silencio cargado de expectativas. Finalmente quedaron ellos dos, frente a frente, rodeados por la quietud del espacio que parecía contener la respiración.

Sin vacilar, ella preguntó:

—¿Eres familiar del farmacéutico que tenía la botica en la calle de entrada del Puerto, donde en el piso de arriba vivía un joven migrante español? El farmacéutico que murió, hace más de veinte años, en un accidente automovilístico…

—Sí —respondió él, con la voz breve y firme—, sí lo soy.

Ella se recostó en el espaldar de su asiento, dejándose envolver por la luz que se filtraba desde la ventana, y lo observó con una sonrisa extraña, como esas que dibuja la ironía de la vida cuando decide jugar sus cartas en el momento menos esperado.

—¿Nos tomamos un café mientras te cuento algo relacionado con él, que quizá desconoces?

Se sentaron juntos y compartieron ese café, cuyo aroma llenaba la pequeña sala con notas de tostado y canela, mientras el sabor se tornaba dulce en medio de la historia que ella comenzaba a narrarle en torno a un testimonio que diera su padre en su presencia, como un puente tendido entre el pasado y el presente.


La historia que ella le contaba

Era el día del año más alegre e importante para la familia. El día en que se reunían todos los familiares: los que compartían techo y los que habían formado sus propios hogares en otros lugares. Estaban todos, y la casa parecía contener, como un cofre ansioso, la energía acumulada de meses de separación.

La celebración comenzaba una semana antes, con un paseo muy especial: la elección del árbol de Navidad. Debía ser el más alto, el más frondoso, un gigante verde que dominara el salón como un guardián silencioso de las fiestas. La tarea era divertida y, a la vez, fuente de debate acalorado; cada opinión chocaba como motas de polvo que caen desde distintos ángulos. Al final, papá dejaba la decisión final a mi madre… y, como siempre, ella acertaba. La alegría se disparaba, cálida y contagiosa, y continuábamos con la aventura: subir el árbol al techo de la camioneta y llevarlo a casa. No era un simple traslado, sino un ritual, una ceremonia que nos incluía a todos en un acto de complicidad familiar.

El camino de regreso tenía una parada obligada. Era tradición. Nos adentrábamos en un pueblo cercano, donde mi padre conocía a una familia que, aunque no formaba parte de nuestra vida cotidiana, tenía un espacio propio en la suya. Nos recibían como si fuéramos familiares cercanos, con la calidez de quienes abren la puerta al afecto sin condiciones.

El hombre de la casa caminaba con pasos que parecían marcar el tiempo: cada pisada era solemne, cargada de significado. Su presencia era litúrgica, como si él mismo fuese parte de un ritual ancestral. Amable, sí, pero con un respeto silencioso que se imponía sin palabras. Tenía un porte sacramental: su cuerpo, sus gestos, todo él parecía signo de algo profundo y callado: fe, autoridad moral, trascendencia, misterio…

Procedía a bendecir nuestro árbol. Ni yo ni mis hermanos preguntábamos nada sobre aquel ritual, que se repetía año tras año desde que tengo memoria. Aunque resultaba extraño, también era especial y mágico, perfectamente acorde con el espíritu navideño que nos envolvía.

Al llegar a casa, con la misma algarabía, todos colaborábamos en colocar el árbol en el salón, en un lugar que parecía diseñado especialmente para él y para la celebración que estaba por suceder. Durante el trajín, las voces infantiles se elevaban como un torrente de agua que no puede contenerse, alborotadas, jugando y gritando como si cada risa fuese un golpe de tambor en la ceremonia de la Navidad. La voz paciente de mi madre, llamándonos a tener cuidado para no romper ninguna rama, imponía un contraste delicado; entonces, por un instante, nos deteníamos, observando el rastro de agujas que el árbol dejaba a su paso, como si fueran testigos silenciosos de nuestro entusiasmo.

Una vez ubicado y sostenido, abrir sus ramas era otro ritual. Lo hacíamos con amor, con cuidado, desplegando cada ramita como si fuera un pétalo de flor de mayo. Al abrirse por completo, nos sentábamos a su alrededor en silencio, contemplándolo. El olor a pino silvestre nos envolvía, trayendo consigo la fragancia viva de la montaña, mezclada con la calidez del hogar. La atmósfera anticipaba el festejo: el reencuentro con tíos y primos, sus caras y sus sonrisas; la música navideña apenas audible, ahogada por las risas y el parloteo de los adultos, ansiosos por contarse lo acontecido durante el año. El tiempo parecía una banda elástica que podían estirar y retraer a voluntad.

Llegado el día, todo aquello que la presencia del pino había evocado sucedía de manera tangible. Él estaba vestido de fiesta, iluminado por pequeñas luces blancas, irradiando un brillo suave que se reflejaba en los ojos de todos nosotros.

Pasada la medianoche, ya entrada la madrugada del 25, todos estaban donde deseaban estar: los niños, algunos tumbados en el suelo jugando con sus regalos, otros dormidos en sofás o incluso en el piso. Los adolescentes se apartaban, formando un círculo en el suelo, inclinados hacia delante, cabezas juntas, hablando en voz baja, compartiendo secretos que solo las hormonas pueden dictar. Yo debería estar entre ellos, pero no lo estaba. Prefería sentarme con los adultos. Sus historias me fascinaban: no solo las contaban, sino que las sentían, las escenificaban.

Era un teatro espontáneo, improvisado, con actores no anunciados y diálogos que surgían como corrientes subterráneas. Uno de ellos ocupaba el centro del escenario: mi tío, narrando un cuento. Su voz cambiaba, su cuerpo se tensaba, y por momentos parecía que la historia lo poseía, moldeando su carne y su gesto. Una explosión de risas recorrió la sala. Mi madre, con un discreto codazo a mi padre, le indicó que era momento de tomar la palabra. Él, sin esperar un segundo codazo más, acomodó su postura, adoptando una expresión algo siniestra, como si la oscuridad de su relato ya se hubiera instalado en el ambiente.

Fue esa madrugada del 25 cuando escuché, por primera vez, la historia del excomulgado.


La historia del excomulgado

Cuando aquel joven inmigrante español entró en la farmacia, cargado con dos maletas de cartón y una serie de objetos sostenidos entre sus brazos, apretados contra los costados, el farmacéutico lo observó de arriba abajo como si estuviera midiendo la forma de un sueño por definir. La luz del día que se filtraba por la vitrina le hacía brillar la piel pálida y delgada, acentuando cada línea de su rostro: ojos negros que se hundían en profundos pozos de misterio, pómulos que se destacaban como montañas talladas, y una mandíbula cuadrada que parecía cincelada por manos invisibles. Su figura era un contraste extraño: erguido, pulcro, sonriente, y al mismo tiempo, emitiendo un aura de hambre y soledad que se percibía como un frío que recorriera el aire de la farmacia, silencioso pero presente.

—¿Qué te trae por aquí? —preguntó el farmacéutico, con voz cálida, con la amabilidad de quien abre una puerta invisible—. ¿Puedo ayudarte en algo?

Aquellos dos seres no tenían idea de que estaban a punto de entrelazar sus vidas, no solo por años, sino más allá de la muerte. El joven, impecablemente educado, con una cortesía que parecía heredada de otra época, le explicó que solo quería mostrarle algunos objetos que vendía. Sacó primero los que llevaba en brazos, luego los de una de sus maletas, colocándolos sobre el mostrador con delicadeza, como si estuviera ofreciendo fragmentos de su propia existencia.

—¿Y qué llevas en la otra maleta? —preguntó el farmacéutico, curioso y esperanzado. Deseaba comprar algo, cualquier cosa, para ayudarlo, pero lo que había mostrado no despertaba su interés.

—¡Ah! No —respondió el joven, con una sonrisa tímida, y un dejo de vergüenza—. En esa maleta solo llevo mis pertenencias. No es para la venta.

Y entonces empezó. Una conversación larga, profunda, un puente invisible que se tendía entre sus almas. La conexión se estableció de inmediato. Era como si el universo jugara con piezas de un rompecabezas demasiado grande para ellos, ignorando la voluntad de Dios, tejiendo y cortando hilos invisibles que solo la intuición humana podía rozar.

El joven llevaba consigo todas sus pertenencias porque no tenía un lugar fijo donde dormir. Cada noche era una improvisación: una puerta que se cerraba, un piso donde caía el cansancio, la incertidumbre y el frío. Pero esa tarde, aquella conversación, esa oferta de hospitalidad, cambió todo. De hablar con seriedad, pasaron a reír, a tomar café; el olor amargo y cálido del café recién hecho llenaba la farmacia, mezclándose con los aromas de la madera y del vidrio limpio, con un perfume de hogar que el joven no había conocido en meses. Al final, hicieron negocio: el farmacéutico le ofreció una habitación con ventana y baño en lo alto de la farmacia. Podía quedarse allí, vivir allí, a cambio de mantener la farmacia limpia. Era un acuerdo simple, elegante, y ambos lo aceptaron con una sensación de justicia y armonía.

La primera noche, cuando el joven durmió en “su” habitación, fue como despertar de un sueño que nunca había soñado. Por fin tenía un lugar propio en esa tierra extranjera, un espacio donde podía soltar el peso del mundo. Vaciar maletas, colocar objetos, disponerlos como trofeos de su nueva vida errante: cada libro, cada fotografía, cada objeto era un pequeño monumento a su existencia. Sonreía mientras lágrimas silenciosas caían, mezclando emoción y alivio. Se asomó a la ventana. Las luces del puerto titilaban en la distancia como luciérnagas atrapadas en la bruma. La sal del mar le tocaba la piel, le llenaba los pulmones, le hablaba de su tierra natal sin que un solo familiar estuviera cerca. El murmullo del mar lo serenaba, lo abrazaba, lo acunaba; era un canto familiar, una nana que traía memorias que creía olvidadas. Esa noche, después de limpiar la farmacia, durmió profundo, entregado, sin más preocupaciones que dejar que el cansancio lo llenara y el sueño lo abrazara.

El tiempo pasó, y con él, la amistad se fortaleció. El joven dejó atrás el hambre, dejó de deambular vendiendo objetos puerta a puerta. Estudió, consiguió un empleo, escaló posiciones, y la vida lo recompensó. Ya no vivía en la habitación del techo, ni se ocupaba de la limpieza nocturna. Pero el vínculo con el farmacéutico permaneció sólido, como el de un hijo con un padre, como la raíz que sostiene un árbol contra la tormenta. Hasta que el destino los separó… o al menos eso parecía.

Un día cualquiera, el joven estaba en casa escribiendo una carta para enviarla a España, al amor de su vida, preparando el matrimonio por poder que traería a su amada a Venezuela. La felicidad lo llenaba, los sueños se alineaban. Entonces, un golpe apresurado sacudió la puerta, interrumpiendo el tiempo y el espacio. Se levantó, el corazón latiendo rápido, y abrió:

—Necesito que venga conmigo. El Dr. Serral desea comunicarle algo, urgente —dijo el mensajero, sin saludo ni explicación.

—No sé quién es usted, ni quién sea ese Dr. Serral. El que yo conocía falleció hace dos años en un accidente automovilístico —respondió el joven, con firmeza, intentando ocultar la confusión y el miedo que lo recorría.

—Es el mismo. Necesita darle un mensaje, hoy. Ahora. Por favor, venga conmigo —añadió, como si pronunciara un código secreto—: “Las Palmas no es lo mismo que estas palmas, pero pueden serlo si lo eliges”.

Al escucharlo, la piel del joven se erizó. La frase estaba cargada de memorias, de cariño, de autoridad silenciosa: era la que el Dr. Serral le repetía cuando la nostalgia lo atrapaba, cuando la tristeza se hacía tangible en su pecho. No había duda: era su amigo farmacéutico, más allá de la muerte, y algo extraordinario ocurría.

Siguiendo al extraño, salió al puerto. La brisa, que antes le parecía un susurro acogedor, ahora mordía su piel y le traía olor a sal y advertencia. Las calles, cubiertas de sombras, parecían callejones de un laberinto imposible de sortear. Las farolas dibujaban manchas de luz que se movían con el viento; el mismo viento que zarandeaba las hojas de las palmeras que simulaban garras queriéndolo atrapar; el mar rugía en lugar de susurrar, golpeando los muelles como un tambor de guerra. Cada paso del joven sobre el empedrado resonaba en su pecho, acompañando el golpeteo acelerado de su corazón. Sentía el miedo como un peso húmedo en la espalda, pero la voluntad de encontrar a su amigo lo impulsaba hacia adelante.

Al llegar, el lugar era lúgubre y silencioso, apenas iluminado por velas que lanzaban sombras danzantes, amenazantes, que parecían cobrar vida. Otras figuras se movían entre la penumbra, irreconocibles, como espectros atrapados entre dos mundos. El joven sentía frío en los huesos, respiración entrecortada, cuerpo tenso, pero no se detenía. Quería entender el mensaje, aunque viniera del otro lado.

Y lo logró.

Desentrañó el mensaje. Escuchó la voz de su amigo. No solo eso: recibió una misión. Debía encontrar a su sobrino y advertirle que no ingresara al sacerdocio, porque ese no era su destino. Si lo hacía, sería excomulgado.

La experiencia lo desbordó. Salió del trance con la sensación de que algo en él había quedado fuera de lugar, fragmentos de su alma dispersos en otra dimensión. Días enteros se dedicó a recomponer su ánimo, a entender la experiencia, a recuperar la normalidad. Había sobrevivido al miedo, pero una parte de él permanecía en la penumbra, donde el amigo que ya no estaba todavía hablaba.

Buscó en páginas amarillas, preguntó a vecinos, visitó oficinas públicas y parroquias, pero no halló ningún rastro de otro “Serral”. Pasaron los años y, a donde quiera que se mudara, siguió buscando. No logró encontrarlo para entregarle el mensaje a tiempo.

Por mucho tiempo sintió que había fallado.
Que le había fallado a su amigo,
El farmacéutico


La revelación

Mientras ella le contaba la historia, él escuchaba, atento, sin atrever a interrumpir. El café humeaba frente a él, y cada sorbo era un puente que lo unía a la narradora y al relato que se desplegaba como un tapiz lleno de viejos secretos. Sus ojos recorrían los de aquella mujer, cautelosos, como quien contempla una joya frágil, temiendo romperla con la mirada. La historia fluía entre ellos como un río oscuro y profundo, lleno de recovecos, curvas y remolinos que prometían misterios aún no revelados, sin un final conocido, suspendido en el aire denso del café y del humo que ascendía lentamente de las tazas.

—Por eso me he tomado el atrevimiento de invitarte a conversar, sin conocerte —dijo ella, con una voz que mezclaba respeto y determinación—. Me gustaría saber si tú sabes algo de esta historia, si es verdad o es invento de mi padre. Te confieso que es algo que siempre he querido averiguar.

—No sé si la historia, tal como la cuenta tu padre, es cierta —respondió él, pausadamente, con la suavidad de quien mide cada palabra—. Pero sí puedo confirmarte que el Dr. Serral, el de la farmacia del Puerto, en aquel tiempo, y que murió en un accidente automovilístico, tuvo un sobrino cura… que fue excomulgado. Mi hermano. Tu padre lo conoce; se tratan…

Ella asimilaba las palabras como quien recibe un golpe inesperado que al mismo tiempo abre puertas.

—Pero mi padre dice sentir que le ha fallado a su amigo por no haber cumplido la misión que le encomendara, por no haberlo encontrado —dijo ella, con una mezcla de incredulidad y urgencia contenida.

—Cierto —asintió él, apoyando su voz en la certeza de la memoria—. No lo encontró “a tiempo”; cuando dio con él, ya se había ordenado, es más, ya lo habían excomulgado. Según me cuenta mi hermano, tu padre lo buscaba por el apellido Serral. Lo que pasa es que somos sobrinos de mi tío farmacéutico por parte de madre, y nuestro primer apellido es otro, el de nuestro padre. Si yo no te doy mis dos apellidos, tú tampoco hubieras dado conmigo para tener esta conversación. Tú también conoces a mi hermano, el cura excomulgado. Es quien todos los años bendice el árbol de Navidad. Yo he estado ahí, he observado el ritual. Siempre he sabido quién eres.

Ella permaneció un instante en silencio, atrapada entre la incredulidad y el asombro. Sus manos sobre la taza temblaban apenas, como si el calor del café no pudiera contener la corriente eléctrica que recorría su cuerpo. Cada palabra del hombre era un peso y, al mismo tiempo, un alivio: la verdad que se había escondido en capas de tiempo y silencio ahora caía como lluvia lenta, penetrando hasta los rincones más recónditos de su memoria.

—Además —continuó, tras una breve pausa, como si necesitara tomar aire antes de poner en palabras aquello que llevaba tiempo meditando—, el hecho de que mi tío, desde el otro lado, le haya confiado esa misión a tu padre… y el hecho de que tu padre la haya asumido como una deuda moral, como un compromiso íntimo que debía honrar, no fue un error ni una casualidad. Fue, creo yo, la voluntad de Dios manifestándose de una forma que a veces nos resulta incomprensible.

Se inclinó levemente hacia delante, apoyando los antebrazos sobre la mesa, como quien desea que lo que va a decir sea escuchado no solo con los oídos, sino con el corazón.

—No para impedirle a mi hermano vivir lo que tenía que vivir —prosiguió—, ni para evitarle la experiencia que le tocaba atravesar, con todo lo que implicaba: el aprendizaje, la caída, la lección y también aquello que debía dar a otros en esta vida. No. La búsqueda no era para desviar su camino, sino para anudarlo con otros. Para que los lazos de familiaridad, de afecto y de destino que habían nacido entre tu padre y mi tío no se rompieran con la muerte, sino que encontraran una forma de continuidad.

Alzó la mirada, firme, serena, como quien ha hecho las paces con una verdad que ya no duele.

—¿Has pensado alguna vez en eso? —preguntó con suavidad—. Yo sí. Y lo creo profundamente. Por eso te digo que no te preocupes. Tu padre no falló. Nunca falló. El mensaje, la misión, incluso la aparente demora… todo eso fue solo un instrumento del destino. Un modo de mantener vivos los hilos que ya estaban tejidos, aunque nadie pudiera verlos.

El hombre terminó su café y se puso de pie con un movimiento tranquilo, decidido, como quien cierra un círculo invisible. Se acercó a ella, todavía sentada, descolocada por la magnitud de la revelación. Con suavidad, le apoyó la mano en la cabeza y, con la yema de los dedos, dibujó gestos lentos de caricia, pidiendo sin palabras que se calmara, que todo estaba bien, que no había nada que temer, solo verdad. El gesto era casi ceremonial: un toque que hablaba de confianza, de cercanía y de silencios compartidos, de mundos que se conectan sin necesidad de palabras.

—Si este año van a bendecir el árbol, como acostumbran, allí nos encontraremos —dijo finalmente, la voz cargada de promesa y calma—. Le pediremos a tu padre y a mi hermano que nos cuenten la parte de la historia que no conocemos: el encuentro de ellos… sería justo, ¿no?

Ella levantó la mirada y lo observó. En sus ojos se reflejaba la luz de la tarde que entraba por la ventana, mezclada con la certeza de lo que acababa de escuchar: una historia que no era solo de su padre, ni suya, sino de todos los hilos invisibles que los unían. El aroma del café permanecía entre ellos, cálido, envolvente, como un recordatorio de que el pasado, por mucho que intente esconderse en el olvido, siempre deja su rastro para ser encontrado— por quienes lo recuerdan.


Al final, comprendemos que la vida es un tapiz de hilos invisibles, donde cada intención humana —por bienintencionada o equivocada que sea— se enfrenta a la fuerza más grande: la voluntad divina. A veces parece que fallamos, que las piezas no encajan, que los hilos se rompen… pero siempre hay un diseño más amplio. Queda en nosotros aceptar que, aunque no entendamos los caminos ni los silencios, hay una fuerza que teje, une y redime, y que en su red invisible, somos todos parte de algo más grande que nuestra voluntad.

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