sábado, 5 de julio de 2025

"ENTRE AMIGOS Y SOLEDADES": Una reflexión sobre el miedo a la soledad, el silencio interior y la presencia de Dios como la compañía más fiel del ser humano.


"La compañía más fiel es la que habita en el interior."


Introducción

“A veces, entre charlas cotidianas y risas compartidas, surgen temas que desnudan el alma. En medio de la confianza y del cariño, aparecen los miedos que todos llevamos dentro: esos silenciosos compañeros que nos roban la paz y que, con frecuencia, tratamos de disfrazar con palabras.

Hablamos de tantas cosas —del amor, de la familia, de las pérdidas, de la incertidumbre—, pero el denominador común era: el miedo a estar solos. Este texto nace de una conversación así, de esas donde lo que parece trivial se convierte, sin planearlo, en una revelación profunda sobre el verdadero sentido de la soledad.”


Conversando con amigos —entre cafés y risas— fue inevitable terminar la velada sin hablar de los “demonios” que nos atormentan. Demonios estos que no son otros que los “miedos” que nos impiden vivir a plenitud: miedo a morir, al odio y a la represión, a las injusticias, a enfermarse, a las murmuraciones, a la desaprobación, a la ruina, al fracaso, miedo a esto o a aquello; total, ¡tantos miedos que de solo pensarlo da terror vivir!

Cada uno con su temor, pero lo cierto del caso es que el agobio común era el “miedo a la soledad”. La diferencia radicaba en la percepción de esta. La charla, en este punto, se tornó acalorada: cada uno –incluyéndome a mí– defendió con absoluta pasión y franqueza su punto de vista.

Concluyeron –ellos– que la “soledad” es vil. Decían que todos necesitan de alguien, y yo comentaba no estar tan segura de ello. Estar solo es una situación objetiva: no hay otras personas contigo en ese momento.; y, sentirse solo es una experiencia emocional: percibir falta de conexión, compañía o comprensión, incluso si estás rodeado de gente.

 De esta manera, iba yo debatiendo cada argumento que daban para justificar el miedo a la soledad, dado que no avalaba esta postura. Creí que me estaba saliendo con la mía hasta que un gran amigo —que bien me conoce— hizo uso de este conocimiento y me increpó:

—¿Dirías tú que la soledad es vil si en algún momento te diese miedo estar sola contigo misma?


El silencio interior

Aquella pregunta tuvo el poder de callarme la boca y ponerme a reflexionar. Me le quedé viendo fijamente, muy a disgusto; bien sabía el inquisidor que si algo disfrutaba yo de la vida era estar conmigo misma.

Cerré los ojos, por un segundo, y navegué en mi universo interior, encontrándome a Jesús reinando en él. Comprendí, entonces, que jamás he estado sola. Imaginé no hallarlo en mí en algún momento… sentí un gran vacío y aprehensión.

¿Con quién conversaría, si no con Él?

¿Quién estaría conmigo en mis logros y fracasos, dándome valor e inspirándome a amar y agradecer la vida? Cuestionaba eso y ¡muchas cosas más!

La respuesta a esa pregunta siempre es la misma: ¡Dios!

La simple idea de la ausencia de Él me hizo sentir pánico de estar conmigo misma, es decir: ¡a estar sola! Y una pregunta me azotó la mente:

¿sería yo quien soy si Él no habitara en mí?

No hubo necesidad de dar respuesta alguna; la expresión de mi rostro confirmaba lo dicho por ellos:

¡la soledad es vil!

Ese gesto mío no fue solo un asentimiento sincero que demostraba mi acuerdo con ellos, era —también— de satisfacción al descubrir y comprender mi universo interior: no me sentía sola porque no me faltaba Dios. Él habitaba en mí.

Sin Él… no es estar solo, es estar vacío, perder el norte… ¡es inexistir!


Epílogo

“Aquel encuentro entre amigos terminó en una revelación que aún me acompaña:
comprendí que no existe peor soledad que la de quien ha perdido su conexión con lo divino, ni mayor plenitud que la de quien se sabe acompañado por su Creador.”

“Entre amigos, miedos y silencios, descubrimos que no estamos solos”.


Publicación: plataforma de TikTok. Cuenta @Escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

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