"La compañía más fiel es la que habita en el
interior."
Introducción
“A veces, entre charlas cotidianas y risas compartidas,
surgen temas que desnudan el alma. En medio de la confianza y del cariño,
aparecen los miedos que todos llevamos dentro: esos silenciosos compañeros que
nos roban la paz y que, con frecuencia, tratamos de disfrazar con palabras.
Hablamos de tantas cosas —del amor, de la familia, de las
pérdidas, de la incertidumbre—, pero el denominador común era: el miedo a estar
solos. Este texto nace de una conversación así, de esas donde lo que parece
trivial se convierte, sin planearlo, en una revelación profunda sobre el
verdadero sentido de la soledad.”
Conversando con amigos —entre cafés y risas— fue inevitable
terminar la velada sin hablar de los “demonios” que nos atormentan. Demonios
estos que no son otros que los “miedos” que nos impiden vivir a plenitud: miedo
a morir, al odio y a la represión, a las injusticias, a enfermarse, a las
murmuraciones, a la desaprobación, a la ruina, al fracaso, miedo a esto o a
aquello; total, ¡tantos miedos que de solo pensarlo da terror vivir!
Cada uno con su temor, pero lo cierto del caso es que el
agobio común era el “miedo a la soledad”. La diferencia radicaba en la
percepción de esta. La charla, en este punto, se tornó acalorada: cada uno
–incluyéndome a mí– defendió con absoluta pasión y franqueza su punto de vista.
Concluyeron –ellos– que la “soledad” es vil. Decían que todos
necesitan de alguien, y yo comentaba no estar tan segura de ello. Estar
solo es una situación objetiva: no hay otras personas contigo en ese momento.;
y, sentirse solo es una
experiencia emocional: percibir falta de conexión, compañía o comprensión,
incluso si estás rodeado de gente.
De esta manera, iba
yo debatiendo cada argumento que daban para justificar el miedo a la soledad,
dado que no avalaba esta postura. Creí que me estaba saliendo con la mía hasta
que un gran amigo —que bien me conoce— hizo uso de este conocimiento y me increpó:
—¿Dirías tú que la soledad es vil si en algún momento te
diese miedo estar sola contigo misma?
El silencio interior
Aquella pregunta tuvo el poder de callarme la boca y ponerme
a reflexionar. Me le quedé viendo fijamente, muy a disgusto; bien sabía el
inquisidor que si algo disfrutaba yo de la vida era estar conmigo misma.
Cerré los ojos, por un segundo, y navegué en mi universo
interior, encontrándome a Jesús reinando en él. Comprendí, entonces, que jamás
he estado sola. Imaginé no hallarlo en mí en algún momento… sentí un gran vacío
y aprehensión.
¿Con quién conversaría, si no con Él?
¿Quién estaría conmigo en mis logros y fracasos, dándome
valor e inspirándome a amar y agradecer la vida? Cuestionaba eso y ¡muchas
cosas más!
La respuesta a esa pregunta siempre es la misma: ¡Dios!
La simple idea de la ausencia de Él me hizo sentir pánico de
estar conmigo misma, es decir: ¡a estar sola! Y una pregunta me azotó la mente:
¿sería yo quien soy si Él no habitara en mí?
No hubo necesidad de dar respuesta alguna; la expresión de
mi rostro confirmaba lo dicho por ellos:
¡la soledad es vil!
Ese gesto mío no fue solo un asentimiento sincero que
demostraba mi acuerdo con ellos, era —también— de satisfacción al descubrir y
comprender mi universo interior: no me sentía sola porque no me faltaba Dios.
Él habitaba en mí.
Sin Él… no es estar solo, es estar vacío, perder el norte… ¡es
inexistir!
Epílogo
“Aquel encuentro entre amigos terminó en una revelación que
aún me acompaña:
comprendí que no existe peor soledad que la de quien ha perdido su conexión con
lo divino, ni mayor plenitud que la de quien se sabe acompañado por su Creador.”
“Entre amigos, miedos y silencios, descubrimos que no
estamos solos”.
Publicación: plataforma de TikTok. Cuenta @Escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel
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