“Cuando el ruido del mundo irrumpe, lo cotidiano sostiene: historias de mañanas, café, hijos y la fuerza de quedarse.”
Prólogo
La vida
se construye en los pequeños instantes: el aire frío de la mañana, el paso
tranquilo de un hijo, el aroma del café recién hecho. Este texto es un
recordatorio de que la belleza no reside en la perfección, sino en la
resistencia, en la capacidad de sostener algo luminoso incluso cuando el mundo
muestra su lado más oscuro. Una reflexión sobre la ternura que se esconde entre
los titulares crueles, la rutina cotidiana y los gestos simples que nos
recuerdan que, a pesar de todo, la vida sigue siendo valiosa.
Me levanté
antes de que el sol hiciera su trabajo completo. La casa aún dormía y el aire
tenía ese frescor leve que solo existe antes de que el día se decida a
comenzar. Al abrir la puerta y salir a la calle, el cielo se estaba dejando
pintar con timidez: rosados diluidos, azules aún inseguros, como si alguien
mezclara los colores con agua y paciencia. Las nubes descansaban bajas, tan
cerca del suelo que parecía que la tierra se negara a soltarlas, aferrándose a
su cobija nocturna unos minutos más.
Respiré hondo.
El aire entró frío, limpio, y algo dentro de mí se acomodó sin hacer ruido.
Sonaba una canción —no recuerdo cuál—, pero recuerdo lo que me hizo sentir: una
complicidad silenciosa con el instante. El corazón latía con un entusiasmo
sereno, sin euforia, sin urgencia. No pensaba en grandes cosas. Simplemente
estaba ahí. Viva. Y eso, en ese momento, era suficiente.
Las calles
estaban extrañamente dóciles. Nada de tráfico, ningún claxon reclamando
espacio. Me deslizaba por el pavimento con una suavidad casi absurda, incluso
sabiendo que varios semáforos seguían apagados desde la madrugada. El orden no
estaba garantizado, pero el movimiento fluía igual. A veces la vida funciona
así: no porque todo esté bien, sino porque algo —no siempre visible— encuentra
cómo avanzar.
Al llegar al
colegio, mi hija se bajó del auto y la vi alejarse. Caminaba despacio, con una
ligereza nueva. Había adelgazado, sí, pero era algo más que el cuerpo: era la
forma de ocupar el espacio. Los pasos tranquilos, el balance natural de quien
empieza a habitarse de otra manera. Me quedé observándola unos segundos más de
lo necesario. En ese andar había dulzura y determinación, una infancia que se
despide sin dramatismos. El tiempo, entendí, no solo se lleva cosas: también
nos entrega otras.
De regreso a
casa compré el periódico. Lo doblé bajo el brazo como quien lleva una rutina
conocida, y en el trayecto me sorprendí sonriendo sola. Había en mí una
liviandad conocida, parecida a la de los años adolescentes, cuando la vida
parecía una promesa abierta. No era ingenuidad; era disposición.
Me senté en mi
lugar favorito del patio trasero. La madera del mueble antiguo estaba tibia,
ligeramente áspera bajo las manos. Ese mueble tenía historia: había sido
rescatado de una casa en ruinas de un pueblo costero, y siempre pensé que
guardaba algo de esa otra vida, de sal y humedad, de voces que ya no estaban.
Apoyé el periódico sobre el regazo y sostuve la taza de café con leche
espumosa. El vapor subía despacio, con ese aroma que mezcla amargura y
consuelo.
Desde ahí
observaba la casa despertar. Mi hijo y su esposa iban y venían, cruzándose
palabras cotidianas, pequeñas decisiones del día, gestos mínimos de pareja que
se conocen bien. Todo ocurría sin espectáculo, pero con una armonía discreta.
Sabía que pronto despertaría mi nieto y que, una vez de pie, me seguiría a
todas partes como un pollito recién salido del cascarón. Sonreí ante la
certeza. Pensé que solo faltaba un cigarrillo entre los dedos para completar la
escena, aunque ya no fumara. El cuadro estaba entero.
Abrí el
periódico.
Las palabras
saltaron como golpes secos. Muertos. Heridos. Represión. Invasiones. Acoso.
Tiroteos. Adolescentes caídos. Policías homicidas. Países lejanos y calles
cercanas unidos por la misma gramática del horror. La mañana, tan
cuidadosamente construida, se resquebrajó.
No seguí
leyendo. Cerré el diario y apoyé la espalda contra el mueble. La cabeza comenzó
a moverse sola, de un lado a otro, describiendo círculos torpes. Es un gesto
acostumbrado, casi involuntario, una forma física de soltar tensión. Sentí el
cuello crujir levemente. El cuerpo entendiendo antes que la mente. Si alguien
me hubiera visto, habría pensado en exorcismos o rituales extraños. Tal vez no
estaría tan equivocado: algo había sido expulsado con violencia.
La convicción
dulce de la mañana se había ido. No derrotada, sino sacudida.
Respiré otra
vez. Más lento. Como se respira cuando el aire no trae alivio inmediato, pero
sigue siendo necesario. El café ya no estaba tan caliente. El patio seguía ahí.
La casa seguía viva.
Entonces
entendí que —sin necesidad de formularlo en grandes frases— la belleza de la
vida no está en su pureza, sino en su resistencia. No en la ausencia de dolor,
sino en la posibilidad de sostener algo luminoso aun cuando el mundo insiste en
mostrarnos su lado más oscuro.
No estoy sola
en esta contradicción. La habitamos todos. Vivimos entre titulares crueles y
escenas domésticas, entre el miedo colectivo y la ternura privada. La vida
humana es así: desigual, injusta, profundamente herida… y, aun así,
obstinadamente viva.
Sostener la
calma en medio del ruido, cuidar a los nuestros, detenerse a mirar un cielo que
amanece o un niño que despierta, no es evasión. Es una forma silenciosa de
rebeldía. Una manera de decir que el horror no tendrá la última palabra.
Y en esa
respiración consciente, frágil, profundamente humana,
vale la pena quedarse.
Quedarse
porque, aun con sus espinas, con sus heridas abiertas y sus cicatrices mal
cerradas, la vida no ha dejado de ofrecernos mañanas, manos, café caliente y
pasos que crecen. No se trata de negar el dolor, sino de no dejarle la última
palabra.
Quedarse
porque, a pesar de todo,
la vida —así como es— sigue siendo bella.
Epílogo
Quedarse,
respirar, observar: la vida insiste en ofrecernos pequeños milagros diarios.
Entre el horror y la dulzura, entre las heridas y las manos que se entrelazan,
la existencia encuentra su fuerza. Este relato no busca ocultar la injusticia
del mundo; más bien, celebra la capacidad humana de encontrar luz y belleza
incluso en medio de la oscuridad.
“Al final, seguimos aquí porque algo, aun herido, vale la pena.”
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