martes, 31 de agosto de 2010

"El silencio que grita": No hay victoria en la partida: exilio, memoria y el silencio de un país herido

“No hay victoria en la partida, ni consuelo en la permanencia.”

Introducción

A veces creo que el silencio tiene un lenguaje propio, uno que solo se aprende cuando el dolor se hace demasiado grande para pronunciarlo. Yo lo escucho en cada esquina vacía, en los rostros que evitan mirarse, en el eco de las voces que ya no pueden hablar. Es un silencio que grita, que ruge desde las entrañas de un país que sangra por dentro.
He visto partir a los míos, y he sentido la ausencia como un golpe seco, como una cuerda que se tensa hasta romperse. No sé si es peor irse o quedarse; ambos caminos duelen igual. En medio del ruido del mundo, intento rescatar ese silencio —mi propio grito ahogado— para que no se pierda entre los escombros de la costumbre y el olvido.

Tanta bulla, tanta palabrería sin virtud, se impone sobre el silencio que grita:

las voces de los amordazados,
el pedido de auxilio de los secuestrados,
el sonido metálico de las cadenas que se arrastran en cada paso,
el gemido de los torturados al crujir sus huesos, al ser desollados;
el llanto de los testigos de la infamia,
las protestas de un pueblo enardecido.

Familias desmembradas por el simple acto de pensar distinto,
por atreverse a soñar,
por no callar.
Querencias aniquiladas, arrancadas de raíz,
robadas u olvidadas en el infame marchar de los días sin justicia.
Un país saqueado, una quiebra moral que no aparece en los balances,
sino en las miradas vacías,
en las casas desiertas,
en las calles que aprendieron a olvidar nombres…
escritos con la sangre de valientes justos e inocentes.

Tanta bulla ha sofocado:
el rugido de los potentes motores que desgarran el aire,
alzando las naves hacia un infinito celeste que nunca responde,
que se oculta tras el incomprensible “libre albedrío”.

Y entonces, la pregunta queda flotando en el aire:
un “me quedo” o un “me voy”, ¿qué diferencia hace?
Porque ya nunca será lo mismo,
no será la misma forma de amar,
ni de reunirnos bajo un mismo techo,
cuando la mesa está incompleta
y cada abrazo lleva la sombra de quien falta.

Tristeza sienten los que se quedan,
y también los que parten con los bolsillos cargados de ausencias.
Se marchan dejando una estela de vacío,
y en los que permanecen queda la herida abierta del despojo.

No hay victoria en la partida,
ni consuelo en la permanencia:
solo fragmentos dispersos de un mismo corazón,
golpeando contra un destino
que no sabe devolver lo perdido.

Epílogo

Aún escucho el silencio. Ya no como un lamento, sino como un testigo. Él me recuerda lo que fuimos, lo que seguimos siendo pese a todo. Me habla de los que partieron con la esperanza doblada en la maleta y de los que se quedaron, sosteniendo la ruina con las manos desnudas.
He aprendido que no hay distancia capaz de exiliar la memoria. Que mientras recuerde, mientras nombre, mientras duela, sigo perteneciendo. El silencio, aunque grite, es mi patria; una patria invisible, hecha de fragmentos, de amor y de duelo.
Camino con él dentro, sabiendo que no hay victoria en la partida ni consuelo en la permanencia… solo la certeza de que recordar es resistir, y que resistir —aunque duela— sigue siendo una forma de amor.

“La memoria es la única patria que no se exilia.”

martes, 24 de agosto de 2010

"La orilla del caos": Relato intenso donde una tormenta, un control policial y una abuela con sus nietos revelan cómo la incertidumbre cotidiana expone quiénes somos cuando todo se desborda.


“Un relato donde la lluvia no es solo agua, sino espejo de la incertidumbre de la vida cotidiana.”


No sé si a otros les ocurre, pero hay días que se anuncian antes de empezar.
Uno abre los ojos y el cuerpo lo sabe: algo no encaja. El aire pesa distinto. El silencio no es el mismo. Ese día no era el día.

Me levanté antes del amanecer, como siempre, pero no me puse de pie enseguida. Me quedé sentada en el borde de la cama, con los pies tocando el suelo frío, como si necesitara comprobar que aún estaba allí. No era cansancio. Era otra cosa. Una cautela sin nombre. Pensé que el presentimiento era mío. Más tarde entendería que no.

La tarde se agotó bajo un cielo cada vez más bajo, más oscuro, hasta que la lluvia cayó sin aviso, brutal, cerrada, como si alguien hubiera abierto una compuerta sobre la ciudad. El agua golpeaba los techos, las ventanas, las calles, con la furia de un animal herido. No era lluvia: era una advertencia.

Los niños ya habían comido. Los había vestido para dormir cuando llegó la llamada. La voz al otro lado traía urgencia y espera acumulada. El transporte se había detenido. La lluvia había vencido a la ciudad. No había manera de volver por cuenta propia.

Miré a los niños. Miré el reloj. No había alternativa.

Los abrigué con cuidado, como si el gesto pudiera protegerlos de todo lo que venía después. Acomodé al más pequeño en su asiento, ajusté correas, revisé cierres. Al rodear el vehículo advertí el desorden en la parte trasera: objetos apilados, mal acomodados, tensos contra la puerta. Si abría, caerían todos. Lo dejé así. No era el momento de ordenar nada.

Antes de arrancar noté las marcas en los vidrios: palabras escritas, consignas, frases e improperios contra el gobierno —que no eran mías pero que tampoco me eran ajenas—. Dudé un instante. Afuera, la noche y la lluvia parecían borrarlo todo. Pensé que nadie miraría. Me equivoqué.

La lluvia no empezó: cayó.
Cayó de una vez, cerrada, espesa, como si hubiera estado aguardando el instante exacto en que el motor despertara. El primer golpe contra el techo fue sordo, grave; después vinieron miles, todos juntos, hasta convertir el vehículo en una caja de resonancia. El ruido no dejaba pensar. O quizá pensaba por mí.

Ajusté el cinturón. Enderecé el retrovisor. Miré a los niños antes de arrancar, con esa mirada rápida y precisa con la que una mide si todo está, si todo respira.
—Ya… ya —dije—, tranquilos.

La calle había dejado de ser calle. Era una superficie inestable, viva. El agua corría sin obedecer pendientes ni bordes, se acumulaba donde quería, avanzaba y retrocedía como si dudara si era agua de lluvia u olas en el mar. Algunos autos habían quedado varados, atravesados, con las luces encendidas todavía, inútiles, iluminando nada. Pasé junto a uno y vi al conductor inmóvil, con las manos apoyadas en el volante, esperando algo que no llegaría.

No frené. No podía. Sabía que detenerse era hundirse. El motor respondió con un sonido bajo, constante, y el vehículo abrió camino como pudo. El agua golpeaba los costados, subía, se cerraba detrás, pesada, turbia, insistente, como si quisiera treparse conmigo.

El parabrisas luchaba. Las luces de la ciudad se estiraban en el vidrio, largas, líquidas, deformadas. Por momentos veía sombras; por momentos, destellos. Nada era firme.

Detrás, los niños empezaron a moverse. Primero fue inquietud: un cambio de peso, un murmullo. Luego vinieron las risas breves, tensas, ese juego que no es juego, sino descarga.
—No… no empiecen —murmuré, sin voltear.

El trayecto no se alargaba en distancia, sino en espesor. Cada metro exigía atención. Cada cruce era una negociación precaria entre el agua y el asfalto. Sentía las manos húmedas en el volante y no sabía si era la filtración de la lluvia o yo.

Fue entonces cuando los vi.
Dos figuras oscuras, plantadas en medio del flujo. No en la orilla: en la vía. Uniformes empapados, cuerpos rígidos, una mano alzada con gesto imperativo. La otra, cerca del arma. La luz de los faros los recortó apenas un segundo.

No hubo tiempo para calcular.
No hubo espacio para frenar.
El vehículo siguió. El agua también.
Y con ella, la ola.

El gesto fue seco.
La mano bajó con violencia y los pitidos del silbato cortaron el ruido de la lluvia como una herida breve. Busqué la orilla como se busca un lugar firme en medio de un temblor. Detuve el vehículo una vez montado sobre la acera, y aun así seguían las ruedas sumergidas en el agua. Me detuve, sí, pero no apagué el motor. Estar allí fue como estar sobre una lancha atada al muelle: se sentía el choque de las olas contra el casco. La sensación de moverse —sin estar yendo a ningún lado— era escalofriante: de inestabilidad, de inseguridad. El silencio no llegó. La lluvia siguió golpeando el techo, los vidrios, el mundo entero.

Al mirar por el retrovisor, vi que uno de los policías se acercaba por mi lado. El otro quedó atrás, caminando despacio, mirando. Sentí su presencia como se siente a alguien parado a espaldas de una, sin tocarla. Bajé el cristal de la ventana.
—¿Usted no sabe que hay un control?
—No pude frenar —dije—. Si frenaba, me quedaba ahí mismo.
—Documentos.

Los busqué despacio. Detrás, los niños se movían otra vez. El pequeño se quejaba, cansado, húmedo, fuera de horario.
—¿Sabe que nos empapó? —preguntó con sarcasmo el policía.
—Está lloviendo —respondí, con la misma ironía.

El segundo agente golpeó el vidrio trasero con los nudillos. No miraba a los niños. Miraba las palabras escritas, las letras corridas por el agua.
—Ajá… ya entiendo.
—Bájese del vehículo.
—No puedo. Los niños…
—¡Bájese!

El grito hizo que el pequeño soltara un alarido. Me giré apenas para calmarlo, una mano atrás, sin soltar del todo el volante.

No pasó.
El niño mayor se movió de más. El pequeño reaccionó como reaccionan los cuerpos pequeños: sin cálculo. Mordió. El otro gritó y le pegó. Y entonces ocurrió.

El niño lanzó —con todo su enojo— el biberón que tenía en la mano. El objeto salió disparado desde el asiento trasero con una fuerza que no le correspondía. Golpeó el espejo retrovisor. El impacto fue seco. La tapa se desprendió y siguió su propio camino, breve, directo. Le dio en la cara… ¡al policía!

No fue fuerte. Fue inesperado.
El agente retrocedió, confundido. Abrió la puerta de golpe.
—¡Salga ahora mismo!
—No —dije—. No dejo solos a los niños.
—¿Qué lleva atrás?
—Lo que llevo no es suyo.
—Abra.
—No.

Sentí el arma antes de verla. Un peso nuevo en el aire.
Abrí.
Los objetos cayeron de golpe: vidrio, metal, estruendo. El susto que se llevaron los policías no fue por la caída de los objetos en sí, sino lo inesperado del suceso —otra vez—. Por un segundo nadie se movió. Luego reí. No fue burla. Fue descarga. Eso los enfureció más.

Entonces otro ruido llegó desde atrás. Dos motores grandes. Rápidos. Indiferentes. Las camionetas atravesaron el agua levantando olas altas, pesadas. Los agentes no quedaron empapados de nuevo: ¡cayeron al agua! Esta vez no hubo control. Corrieron detrás de ellas. Gritaron. Nadie los escuchó. Nadie les hizo caso.
—¡Espere ahí! —gritaron, ya lejos.

No esperé.
Borré las palabras de los vidrios con la manga mojada. Subí. Arranqué. Tomé otra calle. Luego otra. La ciudad volvió a ser laberinto. Llegué.
—¡Llegas tarde! ¿Pasó algo? —reclamaron—.
Miré a los niños. Dormían.
—No —dije—. Nada.
—¿Limpiaste la camioneta? Ya no están los grafitis ni los trastos atrás…
—Todo en orden.

El camino de regreso fue distinto. La lluvia seguía cayendo, pero ya no pesaba igual. Pensé en los hombres empapados, en la escena rota. No sentí triunfo. Sentí compasión por aquellos hombres.

El día no había sido un buen día.
Pero no para mí. Para ellos.

Seguí conduciendo, con los niños dormidos detrás y la noche, por fin, retrocediendo.


“Hay días que no esperan: solo nos muestran quiénes somos cuando todo se desborda.”