domingo, 4 de julio de 2010

"MALAS COMPAÑÍAS": Poema reflexivo sobre el esfuerzo, la fe, la caída, las malas compañías y las decisiones personales.


“A veces caer es la única forma de soltarlos.”


Prólogo

A veces creemos que avanzar siempre es subir. Que compartir el camino garantiza la llegada. Este texto nace del cansancio, de la fe puesta a prueba y del momento exacto en que el cuerpo cae, pero la conciencia despierta. “Malas compañías” no habla solo de otros, sino de las decisiones que tomamos cuando confundimos compañía con dirección.


La subida comenzó con el sol quemándome la nuca y la piedra raspando las suelas como si quisiera hacerme retroceder. Cada paso tenía el sabor metálico del esfuerzo. Respiraba hondo, pero el aire llegaba caliente, espeso, insuficiente. Aun así, seguía. Porque allá arriba, entre la neblina y el brillo distante, la cima respiraba a promesa.

Íbamos juntos. O eso creí.

Escuchaba sus voces mezclarse con el viento, sentía sus pasos detrás de mí, sus manos rozándome los hombros cuando el cansancio doblaba mis rodillas. Y por un instante pensé que compartir el ascenso hacía más ligeros los pasos.

Qué equivocación tan hermosa y tan cruel.

Mientras yo miraba hacia arriba, algunos miraban mis pies.

La cuesta se volvió más dura. El sudor me corría por la espalda como una ola que golpea en un mar embravecido. El pecho me dolía. Cada músculo temblaba con la violencia de quien quiere llegar, aunque el cuerpo ya no dé más. Me detuve solo un segundo para respirar, apenas un instante para sostener el corazón en su sitio.

Y allí ocurrió.

Sentí el empujón disfrazado de descuido. Escuché un: “¡Fue sin querer!”.

La traición tiene una textura fría.

Casi suave. No se ve, pero se siente.

El suelo desapareció bajo mis pies y la gravedad me abrió la boca del abismo. Caí golpeando piedra tras piedra, escuchando cada golpe romperse conmigo. El aire olía a tierra húmeda y fracaso. La piel, magullada. Las manos sangraban. Y mientras descendía entendí algo que la confianza no me había dejado ver:

Hay personas que no soportan mirar a alguien subir porque jamás aprendieron a levantar la vista.

Quise avanzar con ellos, compartir el peso, creer en la lealtad de caminar juntos. Pero algunos no desean llegar; necesitan arrastrar. Les duele más tu esperanza que su propia miseria.

Cuando finalmente quedé tendida en el fondo de los sueños, entre silencio y polvo, descubrí que la caída no dolía tanto como la verdad.

Había confundido compañía con impulso.

Presencia con lealtad.

Cercanía con destino.

Y allí, respirando despacio entre las ruinas del golpe, comprendí que ciertas manos jamás fueron refugio:

eran el borde exacto desde donde pensaban soltarme.

¡Y me soltaron!

Hay manos que no sostienen:

empujan.


Epílogo

La caída no fue el final del camino, sino la corrección del rumbo. Hay descensos que duelen porque arrancan raíces mal plantadas. Y solo cuando el silencio reemplaza al ruido ajeno, la cima vuelve a mostrarse como lo que siempre fue: un destino personal e intransferible.


“El camino se aclara cuando dejamos de caminar con quien no quiere llegar.”

Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta: @Escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

2 comentarios:

  1. No te des por vencida... vuelve intentar subir a la cima y enseñadles cómo se sube aun cuando pesen, al inicio, luego verás como te empujan....

    Francisco

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  2. Eso es porque cada quien debe subir por su lado, y ademas sin tanto cansancio, de un escalón a la vez para que con firmeza pueda poner los dos pies :)

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