domingo, 10 de enero de 2010

CUENTO, "Cuando el amor aprende a hablar". Descubre la ternura y magia entre una abuela y su nieto al despertar la conexión emocional entre ellos.

“Donde hay amor sin filtros, hay huellas eternas”.

La tarde tenía ese color tibio del tiempo que no apura.
La luz del sol, filtrada por la cortina clara, se deslizaba en hebras doradas sobre el piso, dibujando sombras suaves que se movían lentamente, como si también ellas quisieran quedarse un rato más. En el aire flotaba un aroma leve a manzana cocida y canela, recuerdo reciente de una merienda sencilla, todavía tibia en la memoria del olfato.

En el sillón, la abuela y el niño estaban sentados muy cerca, casi fundidos. Él, pequeño aún, con las piernas cortas dobladas sobre el cojín y el cuerpo apoyado sin reservas en ella. Ella, joven todavía, con la piel cálida y el corazón atento, sosteniéndolo con un brazo que ya sabía, sin pensarlo, cómo proteger y cómo acompañar.

En la pantalla comenzaba la película de la calabaza mágica.
Los colores brillaban: verdes intensos, naranjas vivos, azules limpios. Sonaban risas, música ligera, voces que contaban una historia de deseos concedidos y aventuras inesperadas.

El niño miraba con los ojos muy abiertos, como si quisiera entrar en la pantalla. Sus dedos pequeños jugaban distraídos con la tela del suéter de la abuela, reconociendo su textura suave, familiar, segura. Mantenía el contacto físico con ella para que no se le escapara mientras él estaba sumergido en su pequeño mundo de fantasía.

—Abuela… —preguntó de pronto, con esa voz aún redonda, dulce, apenas estrenada.
—¿Sí, mi amor? —respondió ella, sin dejar de mirar la película, pero bajando un poco la voz, como si ese “sí” fuera solo para él.
—¿Por qué la calabaza habla?

La abuela sonrió. Su sonrisa no fue solo en los labios; nació más adentro, donde viven las verdades simples.

—Porque en los cuentos, a veces, las cosas hablan para enseñarnos algo —dijo—. No con palabras difíciles… sino con juegos.

El niño frunció el ceño un instante, procesando la idea. En la pantalla, la calabaza prometía cumplir deseos. El niño del cuento reía.

—¿Y cumple todo? —preguntó él, tocándose la boca con un dedo, como si saboreara la pregunta.
—Al principio, sí —contestó la abuela con calma—. Pero después, el niño se da cuenta de que no todo lo que uno desea es lo que nos hace más felices.

El pequeño se acomodó mejor, apoyando la cabeza en el pecho de ella. Podía oír su respiración tranquila, un sonido rítmico y constante, como el del mar muy lejos. Ese sonido lo aquietaba.

—¿Qué nos hace felices? —dijo, sin mirarla, mirando la pantalla.

La abuela pensó un segundo. No quería apresurar la respuesta.

—Las cosas que no se pueden pedir con magia —respondió—. El cariño, el esfuerzo, compartir… eso se aprende y se siente.

En la película, el niño abrazaba a su familia. La música bajaba de volumen.
El nieto levantó la vista.

—¿Cómo cuando tú estás conmigo? —preguntó.

La pregunta fue suave, pero atravesó a la abuela como una brisa tibia que se vuelve emoción. Ella le besó la cabeza. Su cabello olía a jabón y a infancia, a algo limpio y verdadero.

—Sí —dijo—. Exactamente así.

El niño volvió a mirar la película. Durante un rato no habló.
La calabaza seguía apareciendo, concediendo deseos, causando enredos. Las risas salían de la pantalla y se mezclaban con el silencio cómplice del cuarto.

De pronto, sin aviso, el niño dejó de mirar la televisión.

La abuela sintió primero la quietud. Luego, esa sensación tan particular de saberse observada. Giró el rostro.

Los ojos del niño estaban clavados en los suyos. No había prisa en esa mirada. Tampoco juego. Era una mirada profunda, concentrada, como si estuviera intentando entender algo muy grande para su edad.

Sin decir nada, él tomó la mano de la abuela entre las suyas. Sus manos eran pequeñas, tibias, con esa firmeza torpe y sincera de quien aún no conoce el miedo a expresar lo que siente.

Cerró los ojos.
Llevó la mano de ella a sus labios.
La besó.
Luego la apoyó contra su mejilla suave y la acarició con lentitud.

Una vez.
Dos veces.
Tres veces.

El tiempo pareció detenerse.
La película seguía, pero ya no importaba. No importaban los colores ni la música ni la calabaza mágica.

La verdadera magia estaba allí.

El niño abrió los ojos.
La miró con una ternura tan pura que dolía.

—Te amo —dijo.

No gritó. No rió. No exageró.
Lo dijo como se dicen las verdades más profundas: simple, entero, sin duda.

La abuela sintió que el corazón se le llenaba hasta los bordes. No necesitó palabras. Todo lo que era importante estaba contenido en ese gesto, en esa comunión silenciosa de dos almas que se reconocen y se tienen la una a la otra.

Comprendió —en ese segundo— que la película solo había sido un puente entre ellos. Que la magia no estaba en la calabaza, sino en ese amor espontáneo, limpio, sin miedo ni condiciones.

La abuela se inclinó hacia él cogiéndolo con una fuerza que aferra, pero no duele. En ese gesto silencioso ella le devolvía el amor que le fue declarado.

Y mientras lo abrazaba, supo que ese instante quedaría para siempre:
blindado en la memoria, guardado en el corazón,
como un tesoro que ninguna magia podría igualar.

La abuela lo miró entonces con una mezcla de asombro y recogimiento, como quien presencia algo sagrado sin haberlo pedido.
Y pensó —sin palabras, con el pensamiento hondo de quienes ya han vivido— cómo era posible que algo tan pequeño, tan frágil aún, pudiera ofrecer un gesto tan poderoso, tan consciente, tan pleno.

¿Cómo podía un ser tan nuevo en el mundo estremecer de ese modo un corazón ya instruido por la vida, un corazón que había amado, perdido, resistido y aprendido a protegerse?

Supo, en ese instante, que aquel niño era su verdadera calabaza mágica.
No concedía deseos, pero regalaba verdades.
No hablaba, pero enseñaba.
No prometía, pero cumplía.

Porque quien ama sin filtros, sin cálculo y sin defensa, posee una fuerza que no se desgasta con los años. Y cuando ese amor toca un alma dispuesta a recibirlo, no pasa nunca en vano. Deja huellas profundas, inalterables, de esas que no se borran ni con el tiempo ni con la razón.

Hay amores tan puros que no solo iluminan un instante…
ajustan —para siempre— los latidos del corazón de quien los recibe.

Después del abrazo, se separaron apenas, lo justo para volver a verse la cara. Sus miradas ya no estaban quietas ni profundas, sino llenas de una alegría tranquila, de esas que no necesitan explicación. El niño sonrió primero, una sonrisa amplia, satisfecha, como si supiera —sin saber cómo— que había entregado algo importante y había sido recibido. La abuela le devolvió la sonrisa con los ojos brillantes y el pecho sereno, agradecida.

La habitación volvió a llenarse de sonidos: la música de la película, una risa lejana desde la pantalla, el murmullo cotidiano de la casa. El niño señaló el televisor con un gesto pequeño, natural, y preguntó, casi en secreto:

—¿Seguimos viendo a la calabaza?

La abuela acomodó al niño a su lado, retomó el sillón compartido y respondió con una sonrisa que decía más que la palabra:

—Sigamos.

Y así, como si nada extraordinario hubiera ocurrido —aunque todo ya hubiera cambiado—, volvieron a mirar la pantalla. La calabaza mágica reapareció entre colores y música, mientras dos corazones, todavía tibios por el amor compartido, seguían latiendo juntos, sabiendo que la verdadera magia ya estaba allí, sentada en ese sillón, dispuesta a repetirse cada vez que volvieran a elegir estar juntos.

“La magia existe, pero no siempre está donde la buscamos.”


Nota de Autora

Compartir no siempre requiere grandes planes ni escenarios extraordinarios. A veces basta con sentarse juntos, mirar la misma pantalla, escuchar las mismas voces, dejar que el tiempo se desacelere y que la conversación ocurra sin apuro. En esos espacios simples —una película, una pregunta, una respuesta dicha con calma— se tejen los vínculos más profundos.
La comunicación genuina, la presencia atenta y el acto de compartir crean el terreno fértil donde nacen los instantes que, sumados, llamamos vida plena. No son los grandes acontecimientos los que nos definen, sino esos momentos cotidianos en los que elegimos estar, escuchar y amar.

Dedicado: mi nieto, Emanuel.


sábado, 2 de enero de 2010

"LA MUJER MÁS SEXY": Crónica humorística sobre una mujer hispanoamericana mayor de 40, belleza, roles familiares y autoestima en Madrid.

"Risas, pelos y revelaciones: la mujer más allá de los roles."


Prólogo

Siempre creí que, a cierta edad, una mujer se convertía automáticamente en madre, abuela o profesional, y que lo demás —la vanidad, la coquetería, el simple placer de sentirse mujer— quedaba en pausa indefinida. Esta crónica nació del momento en que me di cuenta de que no era cierto. Que podía caminar por Madrid, empujar un cochecito, reírme de los pelos y de los hombres que me miraban… y seguir siendo yo, con todo mi humor, mi curiosidad y mi ego intacto. Esto es la historia de cómo me reencontré conmigo misma, entre rutinas familiares y sorpresas urbanas, recordándome que la mujer que soy no depende de un rol ni de una mirada ajena.


¿Cómo puede una persona relatar una experiencia intensa en poco tiempo y corto espacio? En un segundo se nace y en otro se muere. Pretender que, en ese mismo segundo, se expliquen emociones complejas es una ilusión. Y bastante ingenua.

Toda mujer hispanoamericana mayor de cuarenta años ha sido educada psicológicamente para existir bajo tres posibles rótulos: profesional, madre o abuela. Cualquier otra categoría resulta sospechosa. La idea de verse o asumirse simplemente como mujer es, a esa edad, casi una falta administrativa. Con tanta juventud circulando libremente por el mundo, ¿Quién va a interesarse por una gallina veterana cuando el mercado está lleno de polluelos?

Mi estadía en Madrid fue, por lo tanto, cómoda y sin sobresaltos estéticos. Mi apariencia se reducía a lo indispensable: higiene, decoro y funcionalidad. Nada de maquillaje, perfumes o ropa con intención. Yo no vestía; cumplía. Era madre y abuela, y punto. ¿Qué más podía pedirle a la vida?

Con ese chip perfectamente instalado, me desenvolví como una persona asexuada. Cada gesto cotidiano, cada acto compartido con ellos, se inscribía en ese marco sensorial, territorial y doméstico. Yo solo era la madre o la abuela. Todo lo hacía en función de esos roles.

Hasta que apareció el conserje del edificio. Me saludaba como si yo fuera alguien completo, no un apéndice familiar. Me hablaba como persona, no como madre de nadie ni abuela de nadie. A él se sumó el empleado del estanco. Fue entonces cuando caí en la cuenta de algo inquietante: en Madrid, las mujeres valían por sí mismas. Incluso las de mi edad. Incluso yo. No éramos piezas fuera de uso, sino material activo, operativo y, para mi sorpresa, aún visible.

Ese mismo día yo venía arrastrando un episodio policial bastante desagradable. Mi humor no era el mejor y el ambiente familiar estaba cargado. Mi hijo rumiaba su enojo y mi nuera lo escuchaba en silencio, con ojos atentos y sonrisa contenida. A ella, mujer generosa, mis desventuras le resultaban casi terapéuticas.

—Después de este día, merecemos un premio —propuso—. ¿Vamos a la peluquería?

Acepté. Pensé que nada peor podía pasar. Error clásico.

Salimos a pie con el nieto menor en su cochecito. El día era luminoso, el frío amable y yo empezaba a reconciliarme con la jornada. Mi nuera anunció sus planes estéticos: corte de cabello, cejas, depilación facial. Yo me escandalicé. En mi época, las mujeres no tenían bigotes. Y si los tenían, se ignoraban con dignidad.

Sin embargo, entre insistencias y curiosidad mal administrada, acepté la depilación. Total, pensé, no tengo nada que perder. Otra vez, error.

El salón de belleza estaba lleno de mujeres dedicadas con fervor religioso a la erradicación del vello corporal. Yo hojeaba una revista mientras escuchaba conversaciones que giraban exclusivamente en torno a pelos. Pelos largos, cortos, rebeldes, traicioneros. Empecé a dudar seriamente de mis creencias juveniles sobre la felicidad: ¿dónde hay pelos hay felicidad? ¿O eran todas esas mujeres infelices mientras yo lo había creído por años?

Decidí adaptarme a los nuevos tiempos.

La experiencia fue breve. Al mirarme al espejo no noté gran cambio. Mi nuera, en cambio, salió radiante. Regresamos caminando y, de pronto, empecé a notar miradas. Muchas miradas. Me enderecé. Saqué pecho. Pensé, con cierta soberbia tardía, que tal vez el secreto de la seducción estaba en la cera caliente.

Llegué a casa inflada de ego, convencida de que España acababa de descubrir mi atractivo oculto.

Mi hijo me miró fijamente y preguntó si me dolía la cara. Sugirió medicamentos. Insistió. Yo negué, confundida. Entonces me lo dijo la verdad: estaba roja, hinchada y deformada.

Corrí al espejo. Detrás de mí, mi nuera luchaba por no reírse.

Y yo, pobre ilusa, había creído que era la mujer más sexy de España, cuando en realidad parecía una empanada recién salida del horno. Así descubrí, por fin, que la felicidad no estaba en los pelos… sino en poder reírse de uno mismo mientras los demás lo miran.


"La verdadera belleza está en reírse de uno mismo… y en que los demás lo hagan contigo."


Epílogo

Al final del día comprendí algo esencial: mi valor no depende de lo que piensen mi hijo, mi nuera, ni siquiera los transeúntes que me miran en la calle. No se mide por los pelos que me quito, por la ropa que uso, ni por los espejos que me devuelven una imagen más o menos favorecedora. Mi valor está en poder caminar por la vida con humor, disfrutar de mis momentos y reírme de mí misma cuando las cosas no salen como esperaba. Ser mujer, descubrí, es también aceptar la sorpresa, la risa y la libertad de ser, siempre, auténticamente yo.